La Secretaría de Relaciones Exteriores decidió que era momento de subirle el
nivel simbólico a su política exterior… y para ello nombró a nada menos que
Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz, como Alta Consejera para los
Derechos de las Mujeres y los Pueblos Indígenas. Sí, la misma figura
internacional que durante décadas ha sido referente en derechos humanos
ahora entra oficialmente al engranaje diplomático mexicano.
El cargo no es improvisado. Fue diseñado en coordinación con el Programa de
las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), lo que en términos prácticos
significa que no es solo una ocurrencia de escritorio, sino un intento formal de
darle peso internacional a una agenda que México quiere vender como
progresista: interculturalidad, igualdad sustantiva y derechos de los pueblos
originarios.
La decisión se alinea con los principios impulsados por la presidenta Claudia
Sheinbaum, quien ha insistido en que la política exterior debe reflejar una visión
más incluyente, menos tradicional y, en teoría, más cercana a las causas
sociales. En ese contexto, Menchú llega como una figura que no necesita
presentación, pero sí un buen traductor institucional.
Porque una cosa es el simbolismo —muy potente, eso sí— y otra muy distinta es
ver cómo se aterriza en políticas reales. La pregunta que muchos ya se hacen
en voz baja es si este nombramiento será más que una foto con buena intención
o si realmente moverá estructuras dentro de la diplomacia mexicana.
Aun así, el mensaje es claro: México quiere proyectarse como un país que no
solo habla de derechos humanos, sino que los pone en el escaparate
internacional con nombres de peso. Y si ese escaparate incluye a una Nobel de
la Paz, mejor todavía.
Habrá que ver si este nombramiento logra traducirse en cambios tangibles o si
se queda como uno de esos anuncios que suenan muy bien… hasta que toca
implementarlos.

