En medio de una de las crisis energéticas más severas que ha
enfrentado Cuba en décadas, resurge una paradoja que incomoda y
obliga a reflexionar: un país reconocido por su capacidad de formar y
exportar médicos al mundo hoy enfrenta condiciones que ponen en
riesgo la salud de su propia población. La frase “podemos llenar de
médicos a América Latina, pero ¿de qué sirve si nos están quitando la
luz?” no es solo una queja, sino un diagnóstico crudo de una realidad
compleja, los cubanos tienen el derecho de libertad y han señalado que
están con sus autoridades, es decir con el presidente Canek, y que
rotundamente niegan que Trump entre a cuba.
México, en este contexto, ha optado por una política de apoyo
humanitario que se inscribe tanto en la tradición diplomática como en la
urgencia regional. El envío de combustible, insumos médicos y
asistencia técnica no es un gesto menor; representa una respuesta
concreta ante un colapso que amenaza con derivar en una crisis
sanitaria de gran escala, y como en Twit el expresidente Andrés Manuel
López Obrador, expreso que México debería dar una ayuda a los cubanos
los opositores se desbordaron en críticas y eso que solo fue un mensaje
de texto.
La electricidad no es un lujo en los sistemas de salud: es un pilar.
Sin energía, hospitales enteros quedan comprometidos. Equipos de
soporte vital, cadenas de frío para vacunas, sistemas de diagnóstico y
tratamientos básicos dependen de un suministro constante. La falta de
luz no solo agrava enfermedades existentes, sino que abre la puerta a
nuevas crisis: brotes infecciosos, interrupciones en tratamientos
crónicos y un aumento inevitable en la mortalidad prevenible.
Aquí es donde la pregunta cobra fuerza: ¿cuántas enfermedades
habrá? La respuesta no es sencilla, pero sí inquietante. En escenarios
similares, los apagones prolongados han estado asociados con
incrementos en enfermedades respiratorias, gastrointestinales y en
complicaciones derivadas de padecimientos como la diabetes o la
hipertensión. Además, la precariedad energética suele ir de la mano con
problemas en el acceso al agua potable y la conservación de alimentos,
ampliando aún más el espectro de riesgos.
El señalamiento hacia factores externos como las tensiones
políticas y las sanciones también forma parte del debate. Sin embargo,
más allá de las responsabilidades, lo urgente es atender las
consecuencias humanas. En ese terreno, la ayuda mexicana adquiere
relevancia no solo por lo que aporta, sino por el mensaje que envía: la
cooperación regional sigue siendo una herramienta viable frente a crisis
que no reconocen fronteras.
No obstante, esta solidaridad también invita a una reflexión más
profunda. ¿Es sostenible que un país dependa de apoyos externos para
mantener en funcionamiento sus servicios básicos? ¿Qué tan resilientes
son los sistemas de salud cuando su operación depende de factores
políticos y energéticos fuera de su control?
La situación en Cuba evidencia que la salud pública no puede
desvincularse de la infraestructura, la economía y la geopolítica. Tener
médicos es fundamental, pero no suficiente. Sin condiciones materiales
adecuadas, incluso el sistema sanitario más robusto se vuelve
vulnerable.
México, al tender la mano, no solo responde a una emergencia,
sino que también se posiciona en un escenario regional donde la
cooperación será cada vez más necesaria. En tiempos de crisis
compartidas, la pregunta ya no es solo cuántos médicos hay, sino bajo
qué condiciones pueden ejercer su labor. Porque, al final, la salud de una
nación no depende únicamente de su capital humano, sino de la
estabilidad de todo aquello que lo sostiene… incluso la luz.

