El nombre de Jazmín García, policía auxiliar, hoy se pronuncia con rabia, dolor e
indignación. Fue despedida por familiares, amigos y compañeros tras
confirmarse que fue víctima de feminicidio en la alcaldía Álvaro Obregón, un
crimen que permaneció oculto durante 12 días, mientras su cuerpo estaba
enterrado en el patio de su propia casa.
Jazmín había sido reportada como desaparecida, una alerta más en una ciudad
acostumbrada a sumar nombres y restar respuestas. Durante casi dos semanas,
su ausencia no encendió las alarmas necesarias, hasta que la investigación
llevó a un hallazgo tan brutal como simbólico: el peligro no siempre está en la
calle, a veces duerme bajo el mismo techo.
Las autoridades confirmaron que su pareja sentimental fue detenida y señalada
como el presunto responsable del feminicidio. El caso volvió a exhibir una
realidad incómoda: ni el uniforme, ni la preparación policial, ni el discurso de
protección institucional garantizan seguridad para las mujeres, ni siquiera para
aquellas que trabajan en cuerpos de seguridad.
El funeral de Jazmín fue un acto de despedida, pero también de protesta
silenciosa. Entre flores, lágrimas y abrazos rotos, se repitió una pregunta que ya
parece rutina: ¿cómo es posible que una mujer desaparezca, sea asesinada y
enterrada en su propia casa sin que nadie lo note?
La ironía duele. Jazmín dedicaba su vida a cuidar a otros, mientras el sistema
que debía protegerla falló en cada etapa: prevención, búsqueda oportuna y
atención inmediata. Su caso no es una excepción, es parte de una estadística
que crece y se normaliza peligrosamente.
Este feminicidio se suma a una larga lista que recuerda que la violencia de
género no distingue profesiones, edades ni cargos. El adiós a Jazmín García no
solo es una despedida, es un reclamo: que su historia no quede archivada, que
su nombre no sea otro hashtag pasajero y que la justicia llegue antes de que el
silencio vuelva a enterrar la verdad.

