La violencia volvió a tocar la puerta del poder municipal, esta vez en Yecapixtla,
Morelos, donde la madrugada de este día fue atacada a balazos la casa del
presidente municipal, Heladio Rafael Sánchez. No fue un susto cualquiera:
impactos de arma de fuego en la fachada y casquillos regados en la vía pública
confirmaron que el mensaje fue directo… y armado.
De acuerdo con la Fiscalía, el ataque ocurrió durante la madrugada, cuando la
mayoría duerme y la impunidad suele estar más despierta. Afortunadamente, no
se reportaron personas heridas, pero el daño material y el mensaje intimidatorio
ya estaban hechos. Porque cuando las balas alcanzan la casa de un alcalde, el
aviso no es solo para él.
Las autoridades acordonaron la zona y realizaron las primeras diligencias,
mientras vecinos observaban entre el miedo y la resignación. En municipios
donde la violencia se ha vuelto parte del paisaje cotidiano, los disparos
nocturnos ya no sorprenden tanto como deberían. Lo preocupante es cuando el
blanco es un funcionario público.
Hasta el momento, no se ha informado sobre personas detenidas ni sobre el
móvil del ataque. No se sabe si fue una advertencia, un intento de intimidación
política o un acto ligado al crimen organizado. Lo único claro es que la violencia
en Morelos sigue tocando todos los niveles, sin importar cargos ni horarios.
El ataque ocurre en un contexto donde alcaldes, regidores y funcionarios
municipales se han convertido en objetivos frecuentes. Algunos reciben
amenazas, otros escoltas, y otros —como en este caso— balazos contra su
vivienda. Gobernar a nivel local en ciertas regiones del país se ha vuelto una
actividad de alto riesgo.
Autoridades estatales y municipales aseguraron que se reforzará la seguridad,
una frase que se repite tras cada ataque, aunque rara vez logra tranquilizar a la
población. Para los ciudadanos, el mensaje es inquietante: si ni el presidente
municipal está a salvo en su propia casa, ¿quién lo está?
Yecapixtla amaneció con impactos en una fachada, casquillos en la calle y
muchas preguntas sin respuesta. Porque cuando las balas hablan, el silencio
oficial suele ser lo único que las acompaña.

