El expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, volvió a encender la
polémica con una de sus declaraciones explosivas. Esta vez acusó a México de
“enviar aguas negras” a territorio estadounidense, afirmando que el país vecino
estaría permitiendo el flujo de aguas residuales que terminan contaminando
zonas fronterizas. Y, fiel a su estilo, lo hizo sin filtros, sin matices y con un tono
que reavivó tensiones que parecían haberse enfriado.
Según Trump, el flujo de aguas negras afectaría a comunidades de la frontera
sur de Estados Unidos, especialmente en áreas cercanas a California y Texas.
Aunque el tema del saneamiento transfronterizo es un asunto que ha sido
reconocido por ambos países desde hace décadas —con infraestructura
compartida y proyectos binacionales—, la acusación del exmandatario llegó
cargada de dramatismo político y, para muchos, con claras intenciones
electorales.
Especialistas en temas ambientales han señalado que los problemas de
contaminación en zonas fronterizas existen, pero derivan de sistemas de
drenaje antiguos, infraestructura insuficiente y fallas históricas que involucran
a ambos gobiernos. No es un asunto simple ni nuevo, pero Trump lo colocó
nuevamente en la agenda pública bajo la narrativa de “México como culpable”,
un recurso que ya utilizó en su primer periodo presidencial para presionar en
temas migratorios y comerciales.
La reacción en México no se hizo esperar. Funcionarios, académicos y
especialistas cuestionaron la veracidad y el tono de las declaraciones,
subrayando que los flujos de aguas residuales son un problema compartido y
regulado por acuerdos bilaterales. También recordaron que varios proyectos de
infraestructura en EE.UU. han estado detenidos por falta de presupuesto, lo que
contribuye a que las plantas de tratamiento del lado estadounidense operen al
límite.
Aun así, la declaración de Trump logró lo que buscaba: colocar el tema en
titulares, avivar su discurso nacionalista y generar fricción diplomática. Una
jugada clásica en su estrategia, especialmente en momentos en los que busca
recuperar capital político.

Mientras tanto, la frontera sigue enfrentando retos reales en materia ambiental
que requieren coordinación, inversión y acuerdos… no declaraciones
incendiarias. Pero si algo ha demostrado Trump es que prefiere el ruido al
diálogo, incluso cuando se trata de aguas literalmente sucias.

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