El CIDE vuelve a mover sus piezas y, como si fuera capítulo nuevo de una serie
de drama académico, ahora toca la entrada de Lucero Ibarra Rojas como nueva
directora después de la destitución de José Antonio Romero Tellaeche. Y sí, por
fin alguien tomó la oficina de la Dirección General sin que afuera hubiera
protestas, cadenas humanas o pancartas filosóficas.
El anuncio lo hizo Rosaura Ruiz Gutiérrez, titular de la Secretaría de Ciencia,
Humanidades, Tecnología e Innovación (Secihti), quien presentó oficialmente a
Ibarra Rojas frente a un grupo de consejeros de lujo: Lorenzo Meyer, Felipe
Ávila, Gerardo Esquivel y Lorena Rodríguez. No faltó nadie para presenciar el
relevo, como si todos quisieran asegurarse de que esta vez sí se prendiera la luz
al final del túnel.
La nueva directora, ya instalada en la oficina —lo cual es todo un logro
considerando la historia reciente de tensiones internas— prometió conducir la
institución “privilegiando el diálogo con la comunidad”. Una frase que, en el
CIDE, suena casi a declaración de amor. Después de años de desencuentros,
paros, debates, inconformidades y académicos peleando con el mismo fervor
con el que analizan la política mexicana, la idea del diálogo parece un gesto
revolucionario.
El nombramiento de Ibarra Rojas llega en un momento en el que el CIDE intenta
reconstruir la confianza interna y externa. La institución, conocida por la
seriedad de su investigación y la intensidad de sus debates públicos, había
pasado por una turbulencia marcada por confrontaciones entre estudiantes,
profesores y autoridades. Por eso, este cambio de mando busca más que
renovar un cargo: pretende recuperar la estabilidad académica.
Los consejeros que la acompañaron destacaron la necesidad de volver a centrar
al CIDE en su misión original: la investigación rigurosa, la docencia de
excelencia y la formación crítica. Dicho más simple: que el CIDE vuelva a ser el
CIDE, y no un episodio permanente de guerra civil universitaria.
Con Lucero Ibarra al frente, el reto es enorme, pero la expectativa también. La
comunidad académica espera que la nueva dirección sea un punto de equilibrio
y no el inicio de otro capítulo turbulento. Si el diálogo realmente se convierte en
norma, quizá el CIDE logre lo impensable: paz académica.

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