En un país que presume campos fértiles, tradiciones agrícolas milenarias y
discursos eternos sobre “soberanía alimentaria”, la realidad decidió hacer su
entrada triunfal con una cifra poco gloriosa: México depende más que nunca de
granos importados, y desde 2025, las compras de maíz, canola y soya han
alcanzado niveles históricos. Sí, históricos… pero no de los que emocionan.
El maíz —ese grano que debería ser casi símbolo nacional— encabeza la lista de
preocupaciones. Su importación creció a niveles que harían sonrojar a cualquier
secretario del campo que se atreva a hablar de autosuficiencia. Y la canola y la
soya no se quedan atrás: el país compra más, produce menos y cada año la
brecha se hace más profunda.
La explicación oficial se parece mucho a un guion ya conocido: “Factores
internacionales”, “condiciones climáticas”, “mercado global”, “tensiones
comerciales”. Todo cierto, pero convenientemente vago. Lo que pocos quieren
decir en voz alta es que el campo mexicano lleva años rezagado, sin inversión
suficiente y peleando una batalla desigual contra países que subsidian a sus
productores con entusiasmo y presupuestos generosos.
El resultado es simple y brutal: México come lo que otros siembran. Y aunque
suene irónico, esa dependencia implica riesgos que ya no se pueden ignorar.
Cualquier crisis internacional —guerra, sequía, pandemias, caprichos políticos—
puede disparar precios, reducir oferta o dejar al país esperando barcos que no
llegan a tiempo. Una especie de ruleta alimentaria que nadie pidió jugar.

Economistas y especialistas advierten que esta tendencia no es sostenible. Si
México quiere evitar un colapso alimentario a largo plazo, necesita modernizar
el campo, invertir en infraestructura, recuperar tierras productivas y apoyar al
productor nacional más allá del discurso. En pocas palabras: dejar de aplaudir
récords que, en realidad, son señales de alerta.
Pero por ahora, el panorama es claro: 2025 marcó un hito, sí…
Un hito que confirma que el país depende más que nunca del exterior para
llenar la mesa.
Las cifras no mienten.
El campo reclama.
Y el reloj ya empezó a correr.

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