En Corea del Norte hay elecciones, congresos, votaciones y aplausos. Lo que no
hay —al menos no públicamente— son sorpresas. Este domingo, el Partido de
los Trabajadores reeligió a Kim Jong Un como secretario general durante el
cuarto día del noveno congreso del partido.
Sí, otra vez.
El congreso, uno de los eventos políticos más importantes del régimen, reunió a
la élite del poder norcoreano para reafirmar la línea ideológica, revisar planes
económicos y, por supuesto, confirmar el liderazgo del hombre fuerte del país.
Porque en Pyongyang los cambios son tan frecuentes como la democracia
multipartidista: prácticamente inexistentes.
Kim Jong Un, en el poder desde 2011 tras la muerte de su padre, Kim Jong Il,
consolida así más de una década al frente del régimen. Bajo su mandato, Corea
del Norte ha reforzado su programa nuclear, ha tensado la relación con
Occidente y ha mantenido un férreo control interno que no deja espacio para
disidencias visibles.
La reelección no fue una competencia, fue una ratificación. Un acto político que
envía un mensaje claro al interior y al exterior: el poder no se mueve.
Mientras el país enfrenta desafíos económicos, sanciones internacionales y una
población que vive bajo uno de los sistemas más cerrados del mundo, el
liderazgo se mantiene intacto. El congreso también ha servido para insistir en la
autosuficiencia económica y la fortaleza militar, dos pilares del discurso oficial.
Para el régimen, la estabilidad es sinónimo de continuidad. Para el resto del
mundo, es la confirmación de que el tablero político en Corea del Norte sigue
bajo el mismo control absoluto.
En resumen: hubo congreso, hubo aplausos, hubo votación… y ganó quien
siempre gana.

