Porque en México el ingenio no descansa —aunque sea para delinquir—,
autoridades descubrieron que en Tulancingo de Bravo no solo se guarda
combustible… también se organiza con logística digna de empresa.
La Secretaría de Seguridad Pública de Hidalgo, en coordinación con la
Secretaría de la Defensa Nacional y la Procuraduría General de Justicia del
Estado de Hidalgo, desmanteló dos inmuebles utilizados como centros de
almacenamiento ilegal de hidrocarburo.
Sí, dos. Porque uno ya no es suficiente.
Gracias a “trabajos de inteligencia” —esa frase que suena elegante pero que
básicamente significa seguirle la pista a algo muy evidente— se ubicaron los
predios en las colonias La Cruz y ampliación Javier Rojo Gómez.
¿El hallazgo? Nada discreto:
5,390 litros de combustible, 95 contenedores de distintos tamaños y 17 metros
de manguera.
Prácticamente una mini gasolinera… pero sin permisos, sin controles y con
bastante ilegalidad.
Además, fueron detenidas dos personas, un hombre y una mujer, presuntamente
relacionadas con la operación. Porque claro, alguien tenía que estar
administrando el “negocio”.
Más allá del tono irónico, el asunto es serio. Este tipo de almacenamiento
representa un riesgo directo para la población. No solo por la naturaleza
inflamable del combustible, sino porque estos puntos suelen operar sin ninguna
medida de seguridad.
Es decir, una chispa equivocada… y el problema deja de ser legal para
convertirse en tragedia.
Las autoridades aseguraron que tanto los objetos como los detenidos fueron
puestos a disposición del Ministerio Público, quien determinará su situación
jurídica. Traducción: empieza el largo camino del proceso legal.
Mientras tanto, el discurso oficial destaca la importancia de la coordinación
institucional y las labores de inteligencia para combatir el robo de
hidrocarburos.
Y sí, suena bien.
Pero también deja una pregunta en el aire:
¿cuántos “almacenes” como estos siguen operando sin ser detectados?
Porque si algo ha demostrado este delito, es que no desaparece… solo cambia
de dirección.
Por ahora, Tulancingo suma otro capítulo en la historia del huachicol: uno donde
el combustible no solo se roba… también se guarda como si fuera mercancía
cualquiera.
Y todo, hasta que alguien finalmente abre la puerta correcta.

