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POR LA REDACCIÓN
PACHUCA, HGO., 19 DE JUNIO DE 2026
Cada 24 de junio de 1949, bastaron 30 minutos para que la lluvia
causara la mayor inundación registrada en Pachuca.
La falta de mantenimiento y abandono que las autoridades tenían al Río
de las Avenidas fueron la principal causa del asentamiento del agua,
pues las ramas y el lodo fueron una barrera natural para que el agua
fluyera.
De acuerdo con testigos, el punto más crítico fue entre las calles
Leandro Valle y Mina, donde la corriente rebasó los 3 metros de altura.
Pachuca no solo recuerda una fecha del calendario, sino una herida
abierta en su historia urbana y social. La llamada “Gran Inundación de
1949” marcó un antes y un después para la capital hidalguense, cuando
una tromba y el desbordamiento del Río de las Avenidas provocaron una
de las tragedias más severas que ha enfrentado la ciudad.
Los registros históricos describen un escenario devastador:
corrientes de agua que descendieron desde las cañadas, arrastrando
basura, lodo y estructuras enteras hacia el centro de la ciudad. En
cuestión de minutos, calles como Zaragoza, Allende y el entorno del
mercado Benito Juárez se transformaron en cauces violentos que
sorprendieron a la población. Las cifras de víctimas varían según las
fuentes, pero todas coinciden en la magnitud del desastre y en el
impacto social que dejó a su paso.
Más allá del hecho histórico, lo ocurrido en 1949 expone una
constante que sigue vigente: la vulnerabilidad de la ciudad ante
fenómenos hidrometeoro lógicos intensos. La combinación de lluvias
torrenciales, crecimiento urbano y deficiencias en el manejo del cauce
del río ha sido señalada como un factor clave en aquel desastre, y
continúa siendo un tema de preocupación en la actualidad.
Hoy, más de siete décadas después, Pachuca sigue enfrentando
episodios de inundaciones durante temporadas de lluvia intensa. Calles
anegadas, colapsos de drenaje y afectaciones a la movilidad muestran
que la historia no está completamente superada, sino parcialmente
repetida en menor escala.
El aniversario del 24 de junio no debería quedarse solo en la
memoria de una tragedia, sino convertirse en un recordatorio
permanente de la necesidad de prevención, planeación urbana y
mantenimiento de infraestructura hidráulica. Las ciudades que olvidan
sus riesgos históricos suelen pagarlo en el presente.

