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¡DEL JUEGO DEL PUEBLO, AL NEGOCIO DE LAS ÉLITES!

OPINIÓN DE: MARIA RESENDIZ

PACHUCA, HGO., 12 DE JUNIO DE 2026
El fútbol nació en las calles, en los barrios y en las canchas de
tierra, los futbolistas llaneros; México siempre se ha distinguido por ser
un excelente anfitrión, trabajador, y que lleva en corazón el futbol, que
además mueve al mundo, sobre todo a niños, las niñas y los adultos,
Los mundiales representaban la máxima celebración de esa pasión
popular: una fiesta global donde las diferencias sociales parecían
desaparecer durante noventa minutos. Sin embargo, con el paso de los
años, el fútbol internacional ha sufrido una transformación que muchos
consideran preocupante. Lo que alguna vez perteneció al pueblo hoy
parece estar cada vez más controlado por intereses económicos,
corporativos y políticos.
El organismo rector del fútbol mundial, se ha convertido en una de
las instituciones deportivas más poderosas y rentables del planeta. Sus
ingresos multimillonarios contrastan con la realidad de millones de
aficionados que ven cada vez más difícil acceder a los eventos que
supuestamente están diseñados para ellos. La organización ha estado

envuelta en diversos escándalos de corrupción, investigaciones
internacionales y cuestionamientos sobre la transparencia de sus
decisiones. A pesar de ello, continúa gozando de privilegios que pocas
organizaciones poseen.
En México existe un antecedente que sigue generando debate.
Durante el gobierno de Enrique Peña Nieto se otorgaron beneficios
fiscales y la excecion de todos los impuestos relacionados con la FIFA
en el contexto de la organización de eventos internacionales. Para
muchos ciudadanos, esta decisión representó una muestra de cómo los
gobiernos pueden ofrecer facilidades extraordinarias a grandes
organismos internacionales mientras millones de mexicanos continúan
enfrentando una pesada carga tributaria y dificultades económicas
cotidianas.
La situación adquiere una dimensión aún más profunda con la
próxima Copa del Mundo. Cada vez resulta más evidente que los
mundiales han dejado de ser eventos para los ciudadanos del mundo, es
inaccesibles para la mayoría. Los costos de los boletos, el hospedaje, el
transporte y los servicios asociados alcanzan cifras que para muchas
familias son simplemente imposibles de pagar. Lo que alguna vez fue
una fiesta popular se ha transformado en un producto de lujo.
Por ello, muchos hablan ya del "Mundial de los dos Méxicos". Por
un lado, existe un México privilegiado que podrá asistir a los estadios,
adquirir paquetes exclusivos, disfrutar de zonas VIP y formar parte de la
experiencia comercial que rodea al torneo. Por otro lado, está el México
del pueblo, el de los trabajadores, estudiantes y familias que sostienen
al país día con día y que tendrán que observar el espectáculo desde la
televisión, las redes sociales o las plazas públicas.
La desigualdad no solo se refleja en el acceso a los partidos.
También se manifiesta en las reglas que rodean la explotación comercial
del evento. Diversos sectores han expresado preocupación por las
restricciones impuestas a pequeños comerciantes y negocios locales
respecto al uso de palabras, símbolos o elementos relacionados con el
Mundial. Mientras grandes corporaciones multinacionales pagan
millones para obtener derechos exclusivos de patrocinio, pequeños
negocios pueden enfrentar sanciones por utilizar referencias vinculadas
al torneo sin autorización.
Esta situación genera una pregunta legítima: ¿a quién pertenece
realmente el fútbol? Si el deporte nació del pueblo y creció gracias a la
pasión de millones de aficionados, resulta contradictorio que esos
mismos aficionados sean excluidos de los beneficios económicos y
culturales que genera. Mientras las ganancias se concentran en
organismos internacionales, patrocinadores globales y grupos
empresariales, la participación popular se reduce a la de simples
consumidores.
El problema va más allá del fútbol. Refleja una tendencia cada vez
más común en distintos ámbitos de la sociedad: la privatización de

espacios, símbolos y tradiciones que durante años formaron parte del
patrimonio colectivo. El deporte, que debería servir para unir a las
personas sin importar su condición económica, corre el riesgo de
convertirse en otro escenario donde las desigualdades sociales se
hacen más visibles.
Los defensores de este modelo argumentan que los grandes
eventos requieren inversiones multimillonarias, infraestructura moderna
y estrictos esquemas de protección comercial. Sin embargo, también es
válido cuestionar si esos beneficios justifican que la esencia popular del
deporte quede relegada a un segundo plano. El éxito económico no
debería medirse únicamente por las ganancias obtenidas, sino también
por la capacidad de incluir a quienes hicieron grande este espectáculo.
Hoy el fútbol enfrenta una encrucijada histórica. Puede continuar
avanzando hacia un modelo dominado por el mercantilismo, donde cada
aspecto del juego se convierta en una mercancía, o puede buscar
mecanismos para recuperar su carácter popular y comunitario. La
decisión no corresponde únicamente a las instituciones deportivas, sino
también a los gobiernos, a los clubes, a los jugadores y, sobre todo, a los
aficionados, pero a pesar de eso el Pueblo de México disfruto y el país
se paralizo esos 90 minutos.

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