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¡GOLPE DEVASTADOR, SISMO EN VENEZUELA!
OPINIÓN DE: MARÍA RESENDIZ

PACHUCA, HGO., 26 DE JUNIO DE 2026
No Hay. "No hay". Puede que esta frase sea de las más
escuchadas en Venezuela por años. Y, según el momento, podía referirse
a huevos, azúcar, papel higiénico. Pero también a insumos médicos,
personal y equipamientos sanitarios. Esta la frase más escuchada, en
Venezuela, desde el pasado miércoles, las ya debilitadas
infraestructuras médicas del país y su escasez de recursos se ponen a
prueba ante la descomunal emergencia sanitaria que supone un potente
terremoto de magnitud 7,2 seguido apenas 39 segundos después por
otro aún mayor, de intensidad 7,5.
A los centenares de muertos se suman los miles de heridos de
diversa gravedad. Y las personas que aún, bajo los escombros, esperan a
ser rescatadas.
"El problema no es solo que se trate de una tragedia natural, sino
que debemos reconocer y recordar que Venezuela se encuentra en el
contexto de una emergencia humanitaria compleja", explicó a la BBC el
doctor Pedro Javier Fernández, que forma parte del equipo Médicos
Unidos por Venezuela.
"Todos nuestros hospitales carecen de suministros, carecen de
medicamentos; no somos capaces de proporcionar atención médica a
nuestra población en un día normal. Ahora, con esta tragedia, la
emergencia es aún mayor y es más difícil de afrontar que en otros
países".
Un terremoto siempre irrumpe como una advertencia brusca de la
naturaleza, recordándonos que, por más avances tecnológicos y urbanos
que alcancemos, seguimos habitando un territorio profundamente
dinámico e impredecible. El reciente sismo ocurrido en Venezuela vuelve
a colocar sobre la mesa una realidad que no admite postergaciones: la
vulnerabilidad sísmica de amplias zonas del país y la necesidad urgente
de fortalecer la prevención.
Más allá del impacto inmediato las posibles pérdidas humanas, los
daños materiales y la incertidumbre que dejan estos eventos, un
terremoto revela la calidad de la preparación institucional y comunitaria.
La diferencia entre una tragedia mayor y un evento controlado no
depende únicamente de la magnitud del movimiento telúrico, sino de la
capacidad de respuesta, la infraestructura existente y la educación
ciudadana en materia de riesgo.

En las horas posteriores al evento, se reportaron afectaciones
propias de este tipo de fenómenos en zonas urbanas y rurales,
incluyendo sacudidas perceptibles en varias regiones, evacuaciones
preventivas en edificaciones públicas y privadas, interrupciones
temporales de servicios básicos y caída de objetos o daños leves en
estructuras vulnerables. En algunos sectores, la población permaneció
en alerta ante posibles réplicas, lo que generó momentos de
incertidumbre y movilidad preventiva. Este tipo de impactos, aunque en
muchos casos no derivan en daños estructurales graves, evidencian la
fragilidad de entornos urbanos no completamente adaptados a la
amenaza sísmica.
En Venezuela, como en buena parte de la región andina y caribeña,
la actividad sísmica no es una excepción sino una constante geológica.
Sin embargo, la conciencia pública sobre este hecho suele intensificarse
solo después de un evento significativo. Esa memoria intermitente es
uno de los principales desafíos: la prevención no puede construirse
desde la urgencia, sino desde la planificación sostenida.
Es momento de insistir en políticas públicas que prioricen la
actualización de normas de construcción sismo-resistentes, la
fiscalización efectiva de edificaciones y el fortalecimiento de los
sistemas de alerta temprana. Pero también es indispensable promover
una cultura ciudadana de autoprotección, donde simulacros, educación
escolar y organización comunitaria sean parte de la vida cotidiana y no
actividades esporádicas.
Cada sismo es, en el fondo, un recordatorio. No solo de la fuerza de
la naturaleza, sino también de nuestras propias omisiones.

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