Por Lic. María del Carmen Estrada Vázquez
El debate contemporáneo sobre los roles de género ha tomado una fuerza inusitada. Por un lado, movimientos como el fenómeno TradWife promueven el retorno a esquemas tradicionales y, en sus vertientes más extremas, sugieren ceder la representación política al varón bajo la falacia de «un solo voto por hogar». Por otro lado, ciertas corrientes pretenden homogeneizar lo que debe ser una mujer libre.
Frente a ambos extremos, se vuelve indispensable afianzar una premisa jurídica y humana fundamental: la autonomía no le pertenece a ninguna ideología; le pertenece a cada mujer.
La historia misma desmiente cualquier intento de reducirnos a un rol pasivo. ¿Cómo pensar siquiera en regresar a una mujer sometida, callada, sin voz propia y al servicio del hombre, cuando han sido las mujeres quienes han impulsado verdaderas revoluciones científicas y tecnológicas? Fueron mentes femeninas las que desarrollaron el aislamiento de células madre, crearon las bases del Wi-Fi, inventaron el pañal moderno y diseñaron el limpiaparabrisas. La inteligencia y el genio creador de las mujeres han transformado el mundo cotidiano y el avance de la humanidad.
PARAGUAS DE PROTECCIÓN:
El voto individual es una garantía de resguardo. La ley y las instituciones no se construyen solo para los momentos de armonía, sino para asegurar protección cuando las condiciones se tornan adversas.
Existe una línea divisoria imperceptible pero devastadora entre dos decisiones que suelen confundirse. Una mujer puede decidir no participar en una jornada electoral o dedicarse por entero al hogar; esa es una abstención individual. Muy distinto es normalizar la idea de que la voz política debe concentrarse en el jefe de familia. Recuperar lo cedido exige luchas históricas de generaciones; relinquirlo desprotege a la sociedad entera.
Así como resulta peligroso delegar la representación ciudadana en nombre de la tradición, ningún grupo ni corriente radical tiene la facultad de decidir por un universo de mujeres independientes. Hoy en día, millones de mujeres sostienen solas miles de hogares con entereza, se han preparado rigurosamente para ejercer cualquier cargo y ocupan espacios de alta decisión gracias a su capacidad intelectual y liderazgo demostrado.
Defender la autonomía no equivale a rechazar la familia o el amor; garantiza que tu criterio, tu firma, tus bienes y tu voto te pertenezcan. Se puede amar y construir en pareja sin anular la propia voz ciudadana.
El sufragio femenino y la capacidad jurídica plena costaron décadas de exigencia. Pretender entregar esa representación a la cabeza de un hogar es ignorar el valor de esa conquista.
Llegar a posiciones de liderazgo por mérito propio, guiar una familia o decidir el destino del país en las urnas responden a una misma certeza: la capacidad transformadora de la mujer. Ante cualquier intento de diluir nuestra presencia política, la postura debe ser contundente: mi libertad se respeta, mi capacidad se reconoce y mi voto es m

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