OPINIÓN DE: MARIA RESENDIZ

PACHUCA, HGO., 11 DE JULIO DE 2026

​Existen seres especiales que no necesitan luces artificiales para iluminar el camino de los demás. Su presencia, su obra y sus enseñanzas bastan para permanecer más allá del tiempo. Son hombres que, aunque dejan la materialidad de la carne, continúan vivos en la memoria colectiva de una comunidad.
​Hoy recordamos a un hombre cuya vida fue ejemplo de entrega, carácter y compromiso: un maestro que hizo de la educación una forma de transformar realidades y de construir mejores generaciones.
​El filósofo español José Ortega y Gasset dejó una frase que resume la relación entre el ser humano y su entorno: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. Con estas palabras entendemos que ningún hombre puede explicarse separado del lugar donde nació, de su familia, de sus primeras enseñanzas y de las condiciones que moldearon su carácter.
​La historia de un ser humano se construye con las circunstancias que enfrenta, pero también con la manera en que decide responder ante ellas. Y ahí es donde aparecen los hombres excepcionales: aquellos que no se limitan a aceptar su realidad, sino que trabajan para transformarla.
​El maestro Augusto Ponce Coronado pertenece a esa clase de personas que dejan huella. Su grandeza no estuvo en los reconocimientos materiales ni en los títulos, sino en la influencia que ejerció sobre quienes tuvieron la fortuna de conocerlo. Fue un hombre formado en el esfuerzo diario, en la disciplina y en la convicción de que el carácter no se hereda: se construye con cada decisión, con cada desafío y con cada acto de responsabilidad.
​Los hombres mediocres hacen solamente lo necesario para sobrevivir; los hombres de carácter buscan elevarse, superar obstáculos y perseguir ideales que parecen difíciles de alcanzar. Esa búsqueda constante de perfección, aun sabiendo que nunca será absoluta, es la que distingue a quienes dejan una marca profunda.
​Augusto Ponce Coronado fue más que un educador. Fue un referente, un guía y un ejemplo de integridad. Su voz trascendió las aulas porque hablaba desde la experiencia, desde la cercanía con la gente y desde el compromiso con su comunidad.
​Como aquellos hombres que defienden sus principios incluso cuando resulta incómodo hacerlo, mantuvo firme su convicción de servir y aportar. Su mayor reconocimiento fue el respeto ganado con los años, un respeto que no se impone, sino que se conquista con acciones.
​Hoy su presencia física ya no está entre nosotros, pero su legado permanece. Cada alumno que recibió sus enseñanzas, cada vida que tocó y cada generación que formó son semillas que continúan creciendo.
​Decía la sabiduría popular que “los árboles mueren de pie”. Algunos hombres también: parten de este mundo, pero permanecen firmes en la memoria de quienes aprendieron de ellos.
​Maestro Augusto Ponce Coronado, su obra continúa viva. Sus enseñanzas siguen caminando en las generaciones que ayudó a formar.

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