Ante los rumores crecientes, las declaraciones explosivas de políticos
estadounidenses y las amenazas disfrazadas de “cooperación internacional”,
Claudia Sheinbaum dejó un mensaje tan claro que no necesitó subtítulos:
México no permitirá operaciones militares de Estados Unidos en su territorio.
Punto.
El tema no surgió de la nada. En los últimos meses, varios congresistas y
figuras conservadoras de EU han insistido —para ganar votos, según sus
críticos— en que su país debe intervenir directamente contra cárteles
mexicanos, incluso con acciones armadas. Propuestas que, además de
polémicas, revivieron fantasmas históricos que México no olvida.
Sheinbaum respondió con contundencia: “La soberanía no se negocia”. Y
remató afirmando que la seguridad nacional se resuelve con cooperación
inteligente, no con incursiones militares foráneas. Una frase que, en cualquier
otro país, sería obvia… pero que últimamente parece necesaria repetir una y
otra vez.
De acuerdo con su postura, México está dispuesto a trabajar con Estados
Unidos —compartiendo información, estrategias y coordinación fronteriza— pero
no aceptará tropas ni operaciones dentro del país bajo ningún pretexto. Y
menos aún si vienen envueltas en retórica electoral.
Analistas coinciden en que esta declaración busca dejar absolutamente claro el
límite desde el inicio de su administración. En política exterior, marcar territorio
temprano siempre es útil, especialmente cuando el vecino es una potencia con
historial intervencionista y políticos que, en temporada electoral, hablan más
con los puños que con la cabeza.

Las reacciones no tardaron. En redes sociales, muchos celebraron que
Sheinbaum pusiera un “hasta aquí” con firmeza. Otros ironizaron: “Si ni baches
arreglamos, ¿ahora quieren que entren marines?”. Mientras tanto, en Estados
Unidos, medios y comentaristas conservadores criticaron su postura,
asegurando que México “no hace lo suficiente” contra el crimen.
Pero la lectura geopolítica es simple: permitir operaciones militares extranjeras
sería cruzar una línea roja que ningún gobierno mexicano puede aceptar sin
perder legitimidad interna. Y Sheinbaum lo sabe.
Así, en medio de tensiones fronterizas, discursos extremistas y agendas
electorales ajenas, el mensaje quedó sellado: México puede cooperar, pero no
se arrodilla. Y mucho menos arma la alfombra roja para tropas estadounidenses.

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