El debate subió de tono y dejó de ser abstracto. Citlalli Hernández fue acusada
de llamar a un boicot contra empresas de Ricardo Salinas Pliego, en particular
TotalPlay, durante un conversatorio. La reacción no tardó: el empresario
respondió con una frase directa y cargada de advertencia —“Ataca el trabajo de
185 mil familias”— y el choque quedó servido.
Según lo señalado, Hernández habría invitado a la ciudadanía a dejar de
consumir servicios de empresas del grupo Salinas como una forma de presión
política y económica. El planteamiento, celebrado por algunos como acto de
protesta legítima, fue visto por otros como un llamado riesgoso que trasciende
la crítica y apunta directamente a la estabilidad laboral de miles de personas.
Salinas Pliego, fiel a su estilo, respondió desde el terreno que mejor maneja: el
de los números y el impacto directo. Para él, un boicot no golpea a los dueños,
sino a quienes dependen del salario mensual. Al poner sobre la mesa la cifra de
185 mil familias, el empresario buscó cambiar el eje de la discusión: de la
confrontación ideológica al costo social.
El episodio reavivó un viejo debate: ¿hasta dónde llega la protesta y dónde
comienza el daño colateral? Mientras algunos defienden el boicot como
herramienta ciudadana frente al poder económico, otros advierten que este tipo
de llamados pueden generar incertidumbre laboral y afectar a trabajadores que
no tienen voz en la disputa.
El cruce también dejó claro el nivel de polarización actual. Las redes sociales
hicieron lo suyo: etiquetas, bandos, apoyos y condenas. En medio del ruido, los
empleados de las empresas señaladas quedaron como espectadores
involuntarios de una pelea que no iniciaron.
Más allá de los nombres, el caso refleja cómo los conflictos políticos y
empresariales terminan trasladándose al consumo cotidiano. Elegir un

proveedor de internet se vuelve una postura ideológica y cancelar un servicio,
un acto político. No todos están dispuestos a jugar ese juego.
Por ahora, ni el boicot ni la respuesta han pasado de las palabras. Pero el
mensaje quedó claro: cuando la política entra al mercado, alguien siempre paga
el precio. Y en este round, la pregunta sigue abierta: ¿quién termina recibiendo
el golpe más fuerte?

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