En vísperas de la noche más luminosa del calendario cristiano, el papa León XVI
lanzó una recomendación que no viene en caja, no se envuelve con moño y, aun
así, promete pesar más que muchos regalos debajo del árbol: pensar en una
persona con la que hacer las paces. Sí, justo esa. La que evitamos en reuniones
familiares, la que silenciamos en WhatsApp o la que convertimos en tema
prohibido para no “arruinar la cena”.
Desde el Vaticano, y sin necesidad de descuentos de temporada, el pontífice
recordó este viernes que la Navidad no solo se trata de luces, villancicos y
mesas llenas, sino de algo mucho menos cómodo: reconciliarse. Según León
XVI, dar ese paso puede convertirse en “un regalo verdadero”, de esos que no
caducan el 26 de diciembre ni se guardan en el clóset.
El mensaje, sencillo pero incómodo, llega en un mundo donde pedir perdón
suele costar más que pagar a meses sin intereses. Porque claro, es más fácil
comprar algo que enfrentar una conversación pendiente. Sin embargo, el Papa
insistió en que la paz personal y comunitaria comienza con gestos pequeños,
casi invisibles, pero profundamente humanos. Pensar en alguien, acercarse,
abrir la puerta al diálogo… aunque no haya garantías de final feliz.
Con un tono pastoral pero directo, León XVI invitó a los fieles a aprovechar
estos días para romper el hielo del resentimiento. No habló de grandes
discursos ni de reconciliaciones épicas, sino de actos sencillos: una llamada, un
mensaje, una disculpa sincera. Acciones que, paradójicamente, parecen cada
vez más revolucionarias.

En tiempos donde las redes sociales amplifican los desacuerdos y las
diferencias se convierten en trincheras, el consejo papal suena casi subversivo.
Hacer las paces no da “likes”, no se presume en historias y no siempre recibe
aplausos. Pero, según el líder de la Iglesia católica, sí transforma corazones y
comunidades.
La recomendación llega justo cuando las familias se preparan para reunirse, los
recuerdos reaparecen y las viejas heridas también piden asiento en la mesa. Tal
vez por eso el mensaje resuena más fuerte: no hay cena perfecta si el silencio
pesa más que la conversación.
Así, mientras el mundo corre entre compras de último momento y cenas
programadas, el Papa deja sobre la mesa una invitación distinta. No cuesta
dinero, pero sí valentía. Y quizá, solo quizá, sea el regalo más difícil… y
necesario… de esta Navidad.

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