En un país donde casi todo sube —menos los salarios—, una noticia logró algo
poco común: hacer sonreír a millones de jóvenes y no tan jóvenes. Claudia
Sheinbaum confirmó que su gobierno tomó la decisión de no cobrar impuestos a
los videojuegos, cerrando la puerta, al menos por ahora, a una medida que ya
encendía alarmas en la comunidad gamer.
La declaración fue clara y directa: no habrá impuesto especial para
videojuegos. Nada de cargos extra por consolas, títulos digitales o experiencias
en línea. En otras palabras, el control seguirá siendo caro, pero no más por
culpa del fisco. La decisión llega en un contexto donde el entretenimiento
digital se ha convertido no solo en un pasatiempo, sino en una forma de
socialización, trabajo y hasta competencia profesional.
Sheinbaum subrayó que los videojuegos forman parte de una industria cultural y
tecnológica en crecimiento, especialmente entre jóvenes. Gravarla, explicó,
podría tener efectos contraproducentes: limitar el acceso, fomentar la piratería
y castigar a un sector que ya enfrenta altos costos por la inflación y el tipo de
cambio.
La noticia fue recibida con entusiasmo en redes sociales. Memes, comentarios
irónicos y celebraciones virtuales inundaron plataformas como X, Facebook y
TikTok. Para muchos usuarios, fue una rara ocasión en la que una decisión
gubernamental no se sintió como “game over”, sino como una oportunidad de
seguir jugando sin penalizaciones extras.
No faltaron, claro, las críticas. Algunos sectores cuestionaron si renunciar a
este impuesto representa una pérdida de recaudación en un país con múltiples
necesidades urgentes. Otros señalaron que el debate debería enfocarse en
regulares contenidos, fomentar el desarrollo de videojuegos nacionales y apoyar
a los creadores locales, en lugar de pensar únicamente en impuestos.
Lo cierto es que, en medio de tantas malas noticias económicas, este anuncio
funcionó como un respiro. Un pequeño triunfo para quienes encuentran en los
videojuegos una vía de escape, una profesión o simplemente una forma de
desconectarse del caos cotidiano.
Por ahora, el mensaje es claro: el gobierno no quiere ser el villano final de esta
partida. Al menos en el mundo gamer, la consola sigue encendida y el juego
continúa.

