Si alguien pensó que el fútbol estaba perdiendo magia, la FIFA acaba de
demostrar lo contrario con un solo dato: más de 150 millones de solicitudes de
entradas para el Mundial de Futbol 2026. Sí, millones de personas compitiendo
por un asiento para ver rodar un balón. Porque el negocio, el ritual y la pasión
siguen intactos.
El Mundial 2026 será histórico por muchas razones. Será el primero con 48
selecciones, se jugará en tres países (México, Estados Unidos y Canadá) y
promete estadios llenos, himnos desafinados y celebraciones interminables.
Pero el dato que más ruido hizo fue la demanda brutal de boletos, muy por
encima de la oferta real disponible.
La cifra confirma algo que la FIFA conoce bien: el futbol no se consume, se
persigue. No importa el precio, el trámite o la espera virtual; millones quieren
estar ahí, aunque sea en la última fila del estadio. La expectativa no distingue
fronteras ni husos horarios.
México, como una de las sedes, aparece de nuevo en el mapa del futbol
mundial. Estadios, infraestructura, turismo y economía local ya se frotan las
manos, aunque también crecen las preguntas: ¿habrá boletos accesibles?,
¿quiénes podrán realmente asistir?, ¿cuántos quedarán fuera pese a intentarlo?
La FIFA, por su parte, celebra el interés global, pero enfrenta un reto logístico
monumental. Gestionar expectativas, evitar reventas abusivas y garantizar

procesos transparentes será tan importante como organizar los partidos.
Porque un Mundial sin aficionados en paz empieza mal.
En redes sociales, el anuncio provocó reacciones encontradas: emoción,
memes, frustración anticipada y resignación. Muchos ya saben que no
conseguirán entrada, pero igual lo intentan. Porque el Mundial no solo se mira:
se sueña.
Con más de 150 millones de solicitudes, queda claro que el 2026 no será solo un
torneo. Será un fenómeno global. Y como siempre, no todos entrarán al
estadio… pero todos querrán estar ahí.

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