El 2026 no dio tregua en Guerrero. A las 7:58 de la mañana, un sismo de
magnitud 6.5, con epicentro en el municipio de San Marcos, en la región de la
Costa Chica, sacudió viviendas, cerros y, sobre todo, la tranquilidad de miles de
personas. El saldo preliminar: dos personas fallecidas, 546 réplicas, 350 casas
dañadas y múltiples derrumbes. Un recordatorio brutal de que la tierra no avisa.
Las autoridades confirmaron la muerte de una mujer adulta en la comunidad de
Las Minas, quien perdió la vida como consecuencia directa del movimiento
telúrico. La segunda víctima fue reportada horas después, mientras continuaban
las labores de evaluación y rescate. El temblor despertó a comunidades enteras
que apenas alcanzaron a salir de sus casas antes de sentir cómo todo se movía.
Las réplicas no tardaron en aparecer. Más de 500 movimientos posteriores
mantuvieron en vilo a la población durante el día, obligando a muchas familias a
permanecer fuera de sus hogares por temor a colapsos. En varias zonas se
registraron derrumbes en carreteras, afectaciones a caminos rurales y daños
estructurales que, aunque no siempre visibles, representan un riesgo latente.
Como suele ocurrir tras cada sismo, llegaron los protocolos, los recorridos
oficiales y los comunicados de calma. Protección Civil desplegó brigadas para
evaluar daños, mientras los gobiernos estatal y municipal anunciaron censos y
apoyos. El problema, como siempre, es el tiempo: el que tarda la ayuda en llegar
y el que la gente pasa esperando.
En Guerrero, donde los temblores forman parte de la memoria colectiva, la
ironía es amarga. Se sabe qué hacer durante un sismo, pero no siempre se
cuenta con viviendas seguras para resistirlo. Las casas dañadas reflejan una
realidad estructural más profunda: construcciones precarias frente a una
geografía implacable.
Mientras el suelo se estabiliza lentamente, las comunidades afectadas
enfrentan ahora otra sacudida: la reconstrucción. Porque cuando la tierra deja
de moverse, empieza la parte más difícil. Y ahí, el temblor ya no se mide en
grados, sino en ausencias, pérdidas y promesas por cumplir.

