La realeza europea volvió a hacer ruido, pero esta vez no por una boda
millonaria, ni por algún drama digno de The Crown, sino por una despedida
silenciosa que tomó por sorpresa incluso a quienes siguen estas historias como
si fueran su deporte favorito. La princesa Irene de Grecia y Dinamarca, hermana
menor de la reina Sofía de España, falleció este 15 de enero a los 83 años, en
Madrid.
La noticia, aunque importante, se dio a conocer con la sutileza con la que uno
avisa que ya lavó los trastes. Nada de grandes anuncios, nada de discursos
solemnes transmitidos en cadena nacional. Simplemente: “Murió la princesa
Irene”. Listo. El mundo, obviamente, dijo: ¿Perdón?
Irene, quien vivió gran parte de su vida en un bajo perfil —y vaya que eso es un
logro en cualquier familia real— fue conocida por ser la tía buena onda de la
realeza española y por su trabajo humanitario, que hacía sin la parafernalia
típica de las coronas. Mientras otros royals viven preocupados por tiaras,
escándalos y quién ocupará qué palacio, ella dedicaba su tiempo a la música, la
ayuda social y a mantener una vida lejos del ruido mediático. Y ahora, fiel a su
estilo, hasta su partida fue discreta.
Lo irónico es que esa discreción hizo que mucha gente se enterara tarde.
Usuarios en redes comentaron que no sabían que la princesa seguía viviendo en
Madrid, otros que pensaron que ya había fallecido años atrás (muy mala onda
pero muy internet), y unos cuantos expresaron sorpresa genuina por recordar
que Grecia sí tenía una familia real… bueno, la tuvo.
La Casa Real española ha expresado su pesar, especialmente la reina Sofía,
muy cercana a Irene. Pero más allá del protocolo, lo que queda es el recuerdo
de una figura que nunca buscó protagonismo y que, aun así, dejó huella en la
historia reciente de las monarquías europeas.
La princesa Irene se va como vivió: en silencio, sin escándalos y con una
elegancia que muchos royals desearían tener. A veces, lo más impactante es
precisamente lo más sencillo.

