Claudia Sheinbaum salió en defensa de Hugo Aguilar luego de la polémica que
se desató por un video en el que asistentes se arrodillan para limpiarle los
zapatos. La escena, que rápidamente se viralizó, provocó críticas por el
simbolismo de subordinación y el contraste con el discurso de austeridad y
cercanía al pueblo que el oficialismo suele enarbolar.
Ante la controversia, la presidenta optó por bajar el volumen del escándalo.
“Uno puede cometer errores”, declaró, al tiempo que aseguró que la reacción
desmedida en redes sociales responde más al desacuerdo que existe con la
reforma judicial que al acto en sí. En otras palabras, el problema no serían los
zapatos, sino el contexto político.
Sheinbaum consideró que el episodio fue utilizado como un pretexto para
golpear políticamente a Aguilar y, por extensión, a la reforma que impulsa el
gobierno. Según su lectura, la indignación no es espontánea, sino parte de una
narrativa crítica que busca desacreditar cualquier figura vinculada al proyecto
de transformación institucional.
Sin embargo, para amplios sectores de la opinión pública, el fondo del asunto va
más allá de una simple “equivocación”. Las imágenes evocan prácticas
asociadas al poder vertical y al culto a la jerarquía, justo aquello que el discurso
oficial dice combatir. La explicación de que se trata de un error individual no ha
sido suficiente para apagar la conversación.
La presidenta insistió en que no debe sobredimensionarse el hecho y pidió no
perder de vista los debates de fondo. Aun así, el episodio deja una lección
incómoda: en la política contemporánea, los gestos pesan tanto como las
decisiones, y una imagen puede contradecir páginas enteras de discurso.
Al final, la polémica demuestra que no todo se puede justificar como “error”
cuando las cámaras están encendidas. Y que, en tiempos de redes sociales,
incluso unos zapatos mal limpiados pueden convertirse en un problema político
mayor.

