México despide a uno de los últimos puentes vivos hacia la época dorada del
arte nacional.
Guillermo Monroy Becerril, pintor y muralista, falleció a los 102 años dejando
tras de sí una obra marcada por el color, la memoria y la herencia del muralismo
mexicano. No fue solo un artista longevo; fue un testigo directo de una
generación irrepetible.
Discípulo de Frida Kahlo, Monroy no solo aprendió técnica. Absorbió una visión
del arte como identidad, como postura y como resistencia cultural. En sus
trazos convivían la tradición popular, el compromiso social y una profunda raíz
mexicana.
Sobrevivió a modas, cambios de mercado y transformaciones culturales que
hicieron tambalear a más de una corriente artística. Mientras otros estilos iban
y venían, él permaneció fiel a una narrativa visual que entendía el arte como
memoria colectiva.
Vivir 102 años no es solo una cifra impresionante. Es atravesar guerras,
revoluciones culturales, transiciones políticas y nuevas generaciones que
reinterpretan el pasado. Monroy fue parte de ese hilo que conectó el México
posrevolucionario con el México contemporáneo.
Su partida no solo representa la pérdida de un creador, sino el cierre de un
capítulo histórico. Cada vez quedan menos voces que puedan decir que
aprendieron directamente de figuras como Frida Kahlo.
Y con él se va también una parte de esa historia contada desde el pincel.
Las obras permanecen. Los muros siguen hablando. Pero el artista que los
imaginó ya no está.
México pierde a un muralista.
La memoria del arte mexicano pierde a uno de sus últimos guardianes.

