por: Virgilio Guzmán
Las sandalias descubren la finura de sus pies blanquísimos, en el amanecer del
sábado rumbo al mercado, en busca de todas las cosas para la vendimia del día de la
amistad y el amor, Esas curvas deleitan a cualquier ojo hambriento.
Cada detalle está impregnado de belleza. La falda diminuta cubre el deseo de
cualquier hombre y despierta fieramente las miradas, ella con su blusa repegada
vislumbraba a sus hermosos y abundantes senos; el cabello negro complementa
guardaba el misterio de su divino rostro, alumbraba con la sonrisa siempre expuesta.
Como acariciando la arena con la salida del sol.
Mari, encerraba y atrapaba los suspiros al ritmo del sonido del mar que está lejano y
no le permitía recobrar su esencia de agua, y permanecer atada a la arena.
Los vendedores del mercado la llenan de halagos, le despachan en demasía y le
cobraban menos, en espera de encontrar una oportunidad de estar con ella, de
sentirla, palparla, para tocar sus delicados pies que andan con soltura por todo el
brillante litoral.
Al mediodía ya estaba puesta la mesa para iniciar el agasajo del brindis, el olor de
los víveres llegaba a las narices de los hambrientos, y antes de abrirse el portón para
recibir al primer comensal. Mari abre, y termina de arreglar la mesa.
Luego alrededor de las 15 hrs. el cliente la observa, como si deseara devorarla junto
con los granos de los alimentos. Mari, le ofrece algo de tomar, el cliente asienta con
la cabeza sin importarle mucho. Sólo desea ver ese vaivén que le arde hasta la
barriga como el chile piquín que lo hace babear irremediablemente.
Poco a poco, los clientes atiborran el litoral hasta llenar las mesas y atiborrar sus
platos, parecen nunca acabarse su belleza. Algunos, hasta se quedan parados con tal
de estar mirándola.
Nabor destaca ante todos los hombres que la observan. Él, tiene una atracción
inusitada por Mari, como si la acción del sol se uniera a la de la luna en sus adentros.

Las mujeres dicen que ella les echa algún brebaje y posesionaba a los hombres, la
razón es la envidia a su figura y a su bondad. Aun así, las mujeres dobletean sus y
arrojando sus habladurías a ella, pero a Mari no le importaba, mientras en sus ojos
permanezca el mar, y el sonido de las olas no termine en sus oídos.
La tarde engulle a Nabor, siente la mirada fija de Mari y él se olvida a todas las
miradas que se le acercan.
A Mari le desvanece la tarde su cansancio que le penetra hasta sus huesos como si
un maremoto ingresara de golpe en ella. Esa tarde sus ojos se cerraron, y dejó de
escuchar el mar. Los hombres se quedaron pasmados al ver su cuerpo varado en el
concreto. Todos salieron con premura y confusión. Sólo permaneció Mari, abatida
por los halagos y las miradas y las caricias que eternamente la manoseaban siempre.
Más tarde se acerca Nabor, que parecía soñar. Tocó su rostro de Mari. Acaricio sus
pechos. La palpaba. No concebía tanta belleza en las manos. sin importarle las
habladurías de la gente. Abrazo el cuerpo ligero que escurrió como agua. La acostó
en la arena. No resigno ni con su llanto. Él, que la deseaba tanto, sentía rabia de no
haberla poseído. Le arrancó la ropa, y contempló su cuerpo blanco y observó lo que
muchos hombres anhelaban, y se juzgó supremo ante todos los que la ambicionaban.
Consideró ser digno de poseerla. A él que siempre creyó que ninguna se le
escabullía.
La manoseaba con impaciencia, pero en el cuerpo húmedo de Mari no se provoca
ninguna reacción o herida. Nabor la vislumbraba rediviva. Apretujaba sus pechos y
su vientre.
El cuerpo emblandecía y del blanco pasaba a tonos azules. Excitado, se quitó las
ropas. Su cuerpo desnudo en tonos cafés, percibió una brisa filtrándose por su
interior. Se ancló en la cama de arena y elevó sus brazos por todos los aires que se
introducían al cielo. Gritó con impulso de tormenta – ¡Mari! ¡Mari! -. Y Mari abrió
los ojos arrojando chorros de agua.
Al final Nabor saltó cubriéndose el rostro, para ocultar las peores visiones de su
entrañable codicia. Aplacado el cisco. Quitó sus manos lentamente y se percató que
el cuerpo de Mari no estaba sobre la cama, ni tirado en el suelo, sólo había agua,
humedeciendo sus pies que se mezclaban con la arena.

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