En un país donde demasiadas víctimas han tenido que cargar no solo con el
trauma, sino también con el peso de denunciar, el Congreso dio un paso que
cambia las reglas del juego. La Cámara de Diputados aprobó una reforma para
que el abuso sexual se persiga de oficio, es decir, que las autoridades puedan
iniciar la investigación sin necesidad de que exista una denuncia formal de la
víctima.
Sí, leíste bien. Ya no dependerá exclusivamente de que la persona afectada
tenga que enfrentarse al proceso para que el Estado actúe.
La reforma al Código Penal también establece con mayor claridad las conductas
que se tipifican como abuso sexual, reduciendo los márgenes de interpretación
que durante años generaron ambigüedad en la aplicación de la ley. Traducido al
lenguaje cotidiano: menos espacio para excusas legales y más herramientas
para la justicia.
El cambio busca responder a una realidad incómoda: muchas víctimas no
denuncian por miedo, presión social, amenazas o desconfianza en las
instituciones. Con esta modificación, si la autoridad tiene conocimiento del
delito, podrá proceder sin esperar una querella.
El debate no estuvo exento de tensión. Algunos legisladores subrayaron la
necesidad de garantizar el debido proceso y evitar abusos en la aplicación de la
norma. Otros insistieron en que la prioridad es proteger a las víctimas y romper
la cultura del silencio.
Más allá de las posturas políticas, el mensaje institucional es claro: el abuso
sexual deja de ser un delito que depende exclusivamente del valor de quien lo
sufrió para buscar justicia.
Ahora el reto será la implementación. Porque aprobar reformas es un paso;
aplicarlas correctamente es otro muy distinto.
La pregunta que queda en el aire es simple: ¿estamos ante un verdadero avance
en la protección de las víctimas o ante otra reforma que necesitará vigilancia
constante para que funcione como promete?

