En México, los trenes vuelven a ser promesa, proyecto y símbolo político al
mismo tiempo. La presidenta Claudia Sheinbaum anunció que el tren que
conectará con el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA) comenzará a
operar antes de Semana Santa.
Sí, antes de las vacaciones. Porque nada dice “movilidad estratégica” como
inaugurar justo cuando millones se preparan para viajar.
La obra busca fortalecer la conectividad hacia el aeropuerto ubicado en el
Estado de México, una de las apuestas más defendidas por el actual proyecto
gubernamental. El objetivo es claro: facilitar el acceso y aumentar el flujo de
pasajeros hacia una terminal que, desde su apertura, ha enfrentado
cuestionamientos sobre su conectividad y demanda.
Pero ahí no termina el plan ferroviario. Las rutas de México a Pachuca y
Querétaro también forman parte del proyecto integral. Eso sí, esas conexiones
no estarán listas pronto: su conclusión está proyectada hasta 2027.
Es decir, mientras el tramo al AIFA se acelera con calendario político incluido,
las expansiones más amplias todavía caminan a ritmo de planeación y
construcción.
El anuncio no pasó desapercibido. Para el gobierno, representa un avance en
infraestructura y una muestra de continuidad en los proyectos estratégicos.
Para los críticos, es otro ejemplo de obras que requieren más claridad sobre
tiempos, costos y demanda real.
En cualquier caso, el tren al AIFA operando antes de Semana Santa enviará un
mensaje: la infraestructura ferroviaria vuelve a ocupar un lugar central en la
narrativa nacional.
La pregunta es si la velocidad de los anuncios irá acompañada de eficiencia
operativa y resultados sostenibles.
Porque en movilidad, como en política, no basta con inaugurar. Hay que
funcionar.

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