El Mundial todavía no empieza… pero para muchos capitalinos el partido ya se
está jugando. Y lo están perdiendo.
Vecinos de distintas colonias de la Ciudad de México salieron a las calles para
protestar contra la gentrificación que, aseguran, se ha acelerado con la llegada
del Mundial de Futbol 2026. La queja no es nueva, pero ahora tiene fecha,
estadio y patrocinadores.
Los manifestantes denuncian que el evento deportivo ha disparado rentas,
especulación inmobiliaria y desalojos silenciosos. Departamentos que antes se
anunciaban como “ideal para familia” hoy se promueven como “perfectos para
Airbnb durante el Mundial”. Traducción: el balón rueda, pero el precio también.
Colonias como Roma, Condesa y otras zonas cercanas a sedes mundialistas
viven un fenómeno donde el metro cuadrado parece cotizar en dólares.
Comercios tradicionales han sido reemplazados por cafeterías
“instagrameables”, y vecinos de toda la vida enfrentan aumentos imposibles de
pagar.
La ironía no pasa desapercibida: el Mundial promete fiesta, turismo y derrama
económica, pero quienes han construido la ciudad sienten que se quedan fuera
del espectáculo. “No estamos en contra del futbol, estamos en contra de que
nos expulsen”, señalaron algunos manifestantes.
Autoridades capitalinas han defendido que el evento traerá beneficios
económicos y desarrollo urbano. Sin embargo, colectivos ciudadanos exigen
regulación en plataformas de renta temporal, freno a desalojos y políticas
claras para evitar que la ciudad se convierta en un hotel gigante con habitantes
temporales.
El debate no es solo deportivo. Es urbano, social y profundamente económico.
Porque cuando una ciudad se vuelve marca, alguien paga la etiqueta.
La pregunta que queda en el aire es incómoda: ¿puede una ciudad organizar un
Mundial sin expulsar a su propia gente?
El silbatazo inicial ya sonó. Y esta vez, el marcador no se mide en goles, sino en
contratos de arrendamiento.

