Otra boda más de rancio abolengo dentro de la monarquía británica. El 9 de abril
de 2005 el príncipe Carlos se casaba con Camilla Parker Bowles en Windsor, en
una ceremonia civil en el Ayuntamiento a la que siguió una misa oficiada por el
arzobispo de Canterbury.
Los novios rozaban los 60 años, así que en la elección de los atuendos había
poco lugar para las referencias principescas –aunque él fuese, de hecho, el
príncipe de Gales–. Camilla llevó un vestido en blanco roto de Robinson
Valentine con un abrigo a juego en hilo de seda, y en vez de ramo, una cartera.
Para la misa se puso un vestido largo azul con bordados en oro de la misma
marca; primero lució una pamela y luego un espectacular tocado dorado, ambos
de Philip Treacy. Él, un chaqué impecable durante todo el día. Sonrisas para la
foto oficial, los hijos de ambos presentes, todo en orden, todo regio, agradable,
formal y como debía ser. Pero en realidad, estaba produciéndose un milagro.
Lo que tuvo lugar en Windsor aquel día de abril de hace ya 15 años fue la
culminación de un romance de tres décadas que conllevó infidelidades,
escándalo, sonadas peleas y a punto estuvo de acabar con la monarquía
británica. El matrimonio de Carlos y Camilla era la prueba de la evolución de la
sociedad en los últimos años y la demostración de que hasta lo más improbable
era posible. Hasta los que el mundo había visto como los malos de la película
merecían un final feliz.
