Jaime Bonilla Valdez es el retrato vivo de la descomposición política disfrazada de izquierda. Su paso por Baja California no dejó un legado de transformación, sino un historial de ambición desmedida, contratos leoninos y una abierta traición a los principios de la Cuarta Transformación. Expulsado de Morena en 2023, Bonilla no buscó la redención; optó por el camino del chantaje, refugiándose en el Partido del Trabajo (PT) para operar como un francotirador político contra el movimiento que le dio poder.
El resentimiento ha sido su principal motor desde 2022. Utilizando la tribuna del Senado como un escudo de impunidad, lanzó acusaciones criminales contra la gobernadora Marina del Pilar Ávila Olmeda, intentando vincularla con el crimen organizado sin presentar una sola prueba contundente. Esta campaña difamatoria, operada ahora desde las siglas del PT, no es un acto de fiscalización ciudadana; es un burdo intento de extorsión electoral. Bajo la amenaza de romper alianzas si no hay “piso parejo”, Bonilla busca secuestrar el futuro de la izquierda en la entidad para saciar sus rencores personales.
Sin embargo, el verdadero rostro de su gestión (2019-2021) está impreso en los expedientes judiciales. Su primer gran desplante de autoritarismo fue la infame “Ley Bonilla”, un berrinche legislativo con el que pretendió prolongar su mandato de dos a cinco años, frenado en seco por la Suprema Corte. Pero el daño más profundo lo perpetró contra el bolsillo de los bajacalifornianos: el fraude de la planta fotovoltaica de Next Energy.
Bonilla firmó un contrato criminal que comprometía las finanzas públicas del estado por 30 años para pagar una obra que hoy no es más que tierra vacía. La vinculación a proceso del exgobernador en marzo de 2026, bajo los cargos de peculado, abuso de autoridad y uso ilícito de atribuciones, no es una «persecución política» como él acusa con cinismo; es el resultado inevitable de un saqueo institucionalizado.
La narrativa de Bonilla se ha desmoronado. El hombre que prometió un cambio terminó convertido en un presunto delincuente de cuello blanco y en un esquirol de la política local. Su estrategia de atacar a Morena es el manoteo desesperado de quien se sabe acorralado por la ley. Al final, el bonillismo pasará a la historia como lo que siempre fue: un proyecto de beneficio personal, una traición al pueblo y un monumento al cinismo gubernamental.

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