La violencia en México no conoce sotanas. El sacerdote Ernesto Hernández
Romero, de 54 años, desapareció en el Estado de México, sumándose a la
preocupante lista de clérigos desaparecidos o asesinados en los últimos años.
De acuerdo con la Diócesis de Valle de Chalco, el religioso fue visto por última
vez el 28 de octubre en el municipio de La Paz, cuando se dirigía a una reunión
parroquial. Desde entonces, no se ha sabido nada de su paradero. Su familia
presentó la denuncia correspondiente ante la Fiscalía mexiquense, que ya
activó una alerta de búsqueda.
La desaparición generó conmoción entre feligreses y autoridades eclesiásticas.
En un comunicado, la diócesis pidió oraciones por su pronta localización y
exigió a las autoridades redoblar los esfuerzos de búsqueda: “No podemos
normalizar la violencia ni el silencio. Ernesto es un pastor, un ciudadano, un ser
humano que merece volver con vida”.
El sacerdote era conocido por su labor social en comunidades marginadas,
donde impulsaba programas de ayuda alimentaria y alfabetización. Fiel a su
estilo, solía decir que “la fe se demuestra con hechos, no con discursos”.
El Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) lamentó el caso y recordó que
desde 2010 han sido asesinados más de 35 sacerdotes en el país, además de
varios desaparecidos. México se mantiene, según datos de la organización
internacional Aid to the Church in Need, como uno de los países más peligrosos
para ejercer el sacerdocio.
Mientras tanto, autoridades locales informaron que ya revisan cámaras de
seguridad y testimonios en la zona donde fue visto por última vez. La esperanza
de encontrarlo con vida se mantiene, pero el silencio de las primeras horas
preocupa a su comunidad.
El caso reabre la discusión sobre la inseguridad en el Estado de México y la
vulnerabilidad de quienes trabajan en el ámbito religioso o comunitario.
Porque, al final, parece que en México ni los hábitos, ni las oraciones, ni las
buenas acciones garantizan protección ante la violencia.

