La danza contemporánea en México perdió a uno de sus arquitectos
fundamentales. Federico Castro, maestro, coreógrafo y formador de
generaciones, falleció a los 92 años, dejando un legado que atraviesa teatros,
cuerpos, ideologías y épocas enteras. Su partida marca el fin de una era que él
mismo ayudó a construir, no con estridencias, sino con disciplina, sensibilidad y
una claridad artística que pocas veces se ve.
Castro fue uno de los responsables de profesionalizar la danza contemporánea
en el país, impulsando técnicas, métodos de entrenamiento y visiones
escénicas que hoy parecen normales, pero que hace décadas eran auténticas
revoluciones. Su trabajo formó a cientos de bailarines y coreógrafos que hoy
sostienen las principales compañías del país. Muchos de ellos lo describen
como un maestro riguroso, paciente, exigente y profundamente entregado a la
idea de que la danza también es pensamiento.
Su carrera incluyó colaboraciones con instituciones nacionales, giras
internacionales y una influencia directa en la pedagogía de la danza en México.
Quienes lo conocieron aseguran que Castro tenía la capacidad de transformar
una clase en un espacio casi filosófico, donde cada movimiento era una
pregunta, una decisión o un manifiesto.
Su legado no solo está en los escenarios, sino en la formación académica que
consolidó y en la visión de cuerpo libre y expresivo que ayudó a instalar en el
país.
La comunidad dancística reaccionó con mensajes de reconocimiento y gratitud.
Compañías, exalumnos y colegas destacaron su capacidad de trabajo, su visión
y su papel como un “ingeniero de la escena” que entendió el cuerpo como
herramienta para narrar lo indecible. En redes sociales, bailarines jóvenes —que
quizá no lo conocieron personalmente— también lo mencionaron como una
figura imprescindible para entender la danza mexicana actual.
La Secretaría de Cultura expresó sus condolencias y reconoció su trayectoria,
subrayando que Castro dejó una huella que continuará presente en la creación
coreográfica nacional. Su trabajo, una mezcla de técnica, rigor y poesía
corporal, seguirá vivo cada vez que una nueva generación de bailarines pise el
escenario.
Federico Castro no solo formó artistas; formó modos de ver, moverse y habitar
el cuerpo. Y eso, hoy, hace más grande su ausencia.

