La tragedia del Tren Interoceánico en Oaxaca sigue escribiendo capítulos que
nadie quisiera leer. Este día, las autoridades comenzaron la entrega de los
primeros cuerpos a las familias de las personas fallecidas tras el
descarrilamiento, un momento marcado por el silencio, el duelo y la ausencia de
respuestas que alivien la pérdida.
El secretario de Gobierno de Oaxaca informó que, tras el accidente, las
personas lesionadas fueron trasladadas a más de 11 hospitales del estado, una
movilización de emergencia que evidenció la magnitud del siniestro. Mientras
los heridos luchan por recuperarse, otras familias enfrentan el proceso más
duro: recibir a quienes ya no volverán con vida.
La entrega de cuerpos es un trámite necesario, pero también una herida abierta.
Cada identificación, cada ataúd, recuerda que el proyecto presentado como
símbolo de desarrollo dejó víctimas reales. El contraste entre el discurso del
progreso y la realidad del accidente resulta imposible de ignorar.
Las autoridades aseguran que se mantiene acompañamiento psicológico y
apoyo institucional para los familiares, aunque el dolor no entiende de
protocolos. Para muchas familias, el proceso ha estado rodeado de espera,
incertidumbre y una sensación de abandono que suele acompañar a las
tragedias de gran escala.

La ironía pesa: mientras se anuncian revisiones técnicas y certificaciones
futuras, los errores ya cobraron vidas. La seguridad, esa palabra que suele
aparecer en los informes, llega tarde cuando el daño ya es irreversible.
El caso del Tren Interoceánico no solo deja preguntas sobre infraestructura y
supervisión, también sobre la atención a las víctimas. Entregar cuerpos es
cumplir con una obligación mínima; garantizar justicia, verdad y reparación
completa es una deuda mucho más grande.
Hoy, Oaxaca despide a sus muertos. Y el país vuelve a mirar cómo las grandes
obras avanzan, mientras las consecuencias humanas quedan, una vez más, en
segundo plano.

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