La violencia volvió a mostrar su rostro más crudo en Zapopan, Jalisco, donde
una intensa balacera dejó al descubierto el nivel de organización y fuego del
crimen organizado. La Fiscalía de Jalisco confirmó que más de 30 sicarios
participaron en el ataque armado, dirigido contra el vehículo en el que viajaba
Alberto Prieto Valencia.
De acuerdo con las autoridades, el automóvil no estaba blindado, un detalle que
resulta tan sorprendente como alarmante, considerando el contexto de
inseguridad en la región. A pesar de contar con escoltas exmilitares, el convoy
fue superado por la magnitud del ataque, evidenciando que ni la experiencia en
combate garantiza protección frente a un operativo criminal de gran escala.
El enfrentamiento fue descrito como una auténtica emboscada. La cantidad de
agresores y la coordinación empleada sugieren una planeación previa, recursos
suficientes y una logística que dista mucho de ser improvisada. No se trató de
un ataque al azar, sino de un mensaje contundente en una zona donde la
violencia ya no sorprende, pero sí sigue sacudiendo.
La Fiscalía detalló que el ataque ocurrió en plena zona urbana, generando
pánico entre vecinos y automovilistas. El intercambio de disparos recordó que,
en ciertos territorios, la línea entre guerra y vida cotidiana se ha vuelto
peligrosamente delgada. Las calles se transformaron, por minutos, en un campo
de batalla.
La ironía es amarga: mientras se presume vigilancia y operativos de seguridad,
comandos de decenas de sicarios pueden movilizarse y atacar sin mayor
obstáculo. El caso vuelve a poner sobre la mesa el debate sobre la capacidad

real del Estado para contener a grupos criminales que actúan con disciplina,
armamento y número.
Las investigaciones continúan, pero el dato ya quedó marcado: más de 30
atacantes, un vehículo sin blindaje y una ciudad que vuelve a ser escenario de
violencia extrema. En Jalisco, la pregunta ya no es si habrá otro ataque, sino
cuándo y dónde.

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