A días de la esperada Finalissima, el fútbol argentino dejó de hablar de tácticas
y goles para concentrarse en Porsches, Ferraris y autos de lujo incautados. La
Asociación del Fútbol Argentino (AFA) quedó en el centro de un escándalo
judicial tras una serie de investigaciones y registros que pusieron bajo la lupa
sus finanzas y acuerdos comerciales.
Las autoridades realizaron operativos que derivaron en la incautación de
vehículos de alta gama, una imagen que contrasta brutalmente con el discurso
de austeridad y pasión popular que suele rodear al fútbol. Mientras los
aficionados cuentan los días para el partido contra España, la justicia cuenta
bienes y revisa contratos.
El foco de la investigación está relacionado con la negociación del acuerdo final
para la disputa de la Finalissima, un evento que prometía ser una celebración
deportiva, pero que ahora carga con una sombra de sospecha. La pregunta es
incómoda: ¿de dónde salen los lujos cuando el fútbol se vende como sacrificio y
esfuerzo colectivo?
La ironía no podría ser más evidente. En el país donde el fútbol se vive como
religión y el hincha aprieta el bolsillo para seguir a su selección, los autos
deportivos aparecen como símbolos de un negocio que pocos ven, pero muchos
pagan.
La AFA no ha dado detalles amplios sobre el origen de los bienes incautados,
aunque aseguró colaborar con la investigación. Sin embargo, el daño a la
imagen ya está hecho. La fiesta previa al partido quedó opacada por un
operativo que expuso una cara menos romántica del deporte.

Este escándalo vuelve a poner sobre la mesa una vieja discusión: el fútbol
mueve pasiones, pero también mueve millones. Y cuando los controles fallan,
los excesos terminan estacionados frente a los tribunales.
La Finalissima se jugará, el balón rodará, pero las preguntas seguirán. Porque
en el fútbol argentino, a veces el fuera de lugar no está en la cancha, sino en los
despachos.

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