No hubo dudas, silencios incómodos ni aplausos tímidos. Desde que cayó el
telón en la primera función de “El Cascanueces”, el público respondió con una
ovación sostenida que confirmó lo que muchos ya sabían: el ballet clásico sigue
teniendo un lugar privilegiado en el corazón del público mexicano. Y más aún
cuando es interpretado por la Compañía Nacional de Danza (CND).
La función inaugural se convirtió en una celebración colectiva. Familias
completas, amantes del ballet y espectadores primerizos coincidieron en una
sala donde la música de Tchaikovsky volvió a hacer su magia. No importó que la
historia sea conocida ni que muchos ya anticiparan cada giro: la emoción
estuvo intacta, como si fuera la primera vez.
La CND ofreció una puesta en escena cuidada, elegante y precisa. Cada
movimiento, cada salto y cada gesto fueron ejecutados con una disciplina que
se notó desde los primeros compases. El resultado fue una función fluida, donde
la técnica no opacó la emoción, sino que la acompañó. Porque cuando el ballet
funciona, no se explica: se siente.
El público lo entendió así. Al final, los aplausos se prolongaron más de lo
habitual, obligando a los bailarines a regresar una y otra vez al escenario. No
fue cortesía, fue reconocimiento. En tiempos donde el entretenimiento compite
con pantallas y contenidos exprés, una ovación así dice mucho.
“El Cascanueces” no solo marca una tradición decembrina; también funciona
como puerta de entrada al mundo del ballet para nuevas generaciones. Niñas,
niños y jóvenes observaban atentos, descubriendo que el arte también puede
contar historias sin palabras y emocionar sin efectos especiales.
La primera función dejó claro que la CND no solo mantiene vivo un clásico, sino
que lo renueva con cada temporada. No es nostalgia; es vigencia. El ballet sigue
convocando, sigue llenando salas y sigue provocando aplausos largos, de esos
que no se piden.
Así, entre tutús, luces y música inolvidable, “El Cascanueces” volvió a
demostrar que hay tradiciones que no envejecen. Y cuando el telón cae y el
público se pone de pie, queda claro que el arte, cuando es auténtico, siempre
encuentra a su audiencia.

