Cuando parecía que el discurso ya no podía escalar más, Donald Trump volvió a
subir el volumen. Durante la entrega de medallas a militares desplegados en la
frontera con México, el expresidente y actual protagonista central de la política
estadounidense anunció que clasificará al fentanilo como “arma de destrucción
masiva”. Sí, al mismo nivel retórico que una bomba química o nuclear. Porque
en campaña, todo se puede redefinir.
Trump justificó su postura asegurando que el fentanilo ha causado más muertes
que muchas guerras y que su impacto en la sociedad estadounidense es
devastador. Desde su narrativa, el enemigo no solo es la droga, sino las rutas,
los traficantes y, de paso, los países que —según él— no han hecho lo suficiente
para frenar su flujo. El mensaje fue claro, directo y con destinatario implícito: la
frontera sur.
La declaración no es solo simbólica. Clasificar al fentanilo como arma de
destrucción masiva abre la puerta a medidas más agresivas, tanto en política
interior como exterior. Para sus seguidores, se trata de una postura firme frente
a una crisis real de salud pública. Para sus críticos, es un uso extremo del
lenguaje que mezcla seguridad nacional con retórica electoral.
El escenario elegido tampoco fue casual. Rodeado de militares, con medallas y
discursos solemnes, Trump reforzó su imagen de “mano dura”, un sello que ha
explotado políticamente desde hace años. La narrativa es conocida: orden,
fuerza y cero matices. Funciona bien con su base… y genera alarma fuera de
ella.
Expertos advierten que el problema del fentanilo es complejo y no se resuelve
solo con etiquetas o amenazas. Implica salud pública, regulación farmacéutica,

cooperación internacional y atención a las adicciones. Pero en el terreno
político, la complejidad no vende tan bien como una frase contundente.
Así, el fentanilo pasó de ser una droga mortal a convertirse, al menos en el
discurso, en un arma de guerra. Y con Trump, cuando las palabras se
endurecen, las consecuencias suelen ir detrás.

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