En Sinaloa, salir del Congreso ya no garantiza llegar a casa. El diputado Sergio
Torres fue atacado a balazos tras abandonar el recinto legislativo en Culiacán,
en un episodio que confirma que la violencia no respeta cargos, fueros ni
discursos. El legislador permanece en estado delicado y fue trasladado a un
hospital particular, mientras que la diputada Elizabeth Montoya, también
lesionada en el ataque, perdió un ojo. La escena fue rápida, brutal y elocuente:
la política local volvió a cruzarse con el crimen organizado, sin metáforas.
El atentado ocurrió a plena luz del día y dejó más preguntas que respuestas.
¿Cómo se planea un ataque así a metros del poder legislativo? ¿Quién vigila a
quién cuando ni siquiera el Congreso es zona segura? Las autoridades
prometieron investigaciones exhaustivas —como siempre— mientras la
ciudadanía asimila que el plomo sigue teniendo la última palabra en el estado.
En medio del caso, una revelación elevó la temperatura política. Omar García
Harfuch señaló que “Los Chapitos” podrían estar detrás del secuestro de
ingenieros en Sinaloa, un dato que, aunque no vincula directamente el ataque a
los legisladores, dibuja el contexto real: una entidad donde los grupos
criminales disputan territorio, control y mensajes. En ese tablero, los atentados
no son hechos aislados, sino capítulos de una historia que se repite.
La gravedad del ataque a representantes populares no solo radica en las
víctimas, sino en el mensaje que envía: si se puede disparar contra un diputado
al salir del Congreso, ¿qué queda para el resto? La línea entre la vida pública y
el riesgo permanente se desdibuja. Y mientras se acumulan comunicados
oficiales, la violencia sigue marcando agenda.
Elizabeth Montoya enfrenta ahora una vida con secuelas irreversibles. Sergio
Torres lucha por estabilizarse. Y Sinaloa suma otro episodio a su larga lista de
hechos donde la seguridad institucional queda en entredicho. La ironía es
amarga: el lugar donde se legisla para la paz terminó siendo escenario de
guerra.

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