Caracas amaneció con un silencio extraño, de esos que pesan más que el ruido.
Tras el ataque militar de Estados Unidos contra varias ciudades de Venezuela,
la capital mostró un rostro contenido: nervios, indignación y expectativa, pero
ninguna celebración. Porque cuando caen bombas, incluso los discursos más
duros pierden el entusiasmo.
Este sábado, luego del violento operativo que dejó un saldo aún incierto de
heridos y muertos civiles y militares, las calles de Caracas lucían mayormente
desoladas. No era un día normal. Comercios cerrados, transporte irregular y una
sensación generalizada de pausa forzada marcaron la jornada. El miedo no
gritaba, pero se notaba.
En algunos puntos de la ciudad, se formaron filas frente a tiendas de alimentos
y farmacias, que abrieron solo parcialmente para atender la demanda con
cautela. Comprar lo básico se convirtió en prioridad inmediata. No por pánico
colectivo, sino por una experiencia ya conocida: cuando la incertidumbre se
instala, el desabasto nunca avisa.
Al mismo tiempo, el chavismo mostró músculo político. Movilizaciones de
militantes se registraron en zonas clave como la Plaza Bolívar y en las
inmediaciones del Palacio de Miraflores. Banderas, consignas y llamados a la
resistencia convivieron con un ambiente cargado de enojo y desconcierto. No
era fiesta. Era demostración.
Lo que dominaba el ambiente no era la euforia, sino la pregunta inevitable: ¿qué
sigue? La agresión externa reavivó viejas heridas y tensiones internas, mientras
la población civil quedó atrapada entre la incertidumbre geopolítica y la rutina
que no puede detenerse del todo.
En Caracas, nadie celebró el ataque. Ni siquiera quienes critican duramente al
gobierno. Porque cuando la violencia escala a nivel internacional, las posturas
ideológicas se diluyen frente a una realidad más cruda: la gente común siempre
paga el costo más alto.

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