Delcy Rodríguez no aterriza en el poder interino de Caracas para aprender sobre
la marcha. Conoce el chavismo desde sus entrañas, sus lealtades, sus miedos y
sus mecanismos de control. Precisamente por eso, su margen de error es
mínimo. El contexto internacional no espera, y Washington tampoco.
Como nueva jefa interina, Rodríguez enfrenta una cuenta regresiva clara: evitar
represalias políticas, económicas y diplomáticas que podrían terminar de
asfixiar a Venezuela. Para lograrlo, hay tres medidas urgentes que no puede
seguir postergando.
La primera es enviar señales reales de apertura política. No discursos, no
comunicados, no promesas recicladas. Hablamos de gestos concretos: liberar
presos políticos emblemáticos, permitir observación internacional creíble y
respetar reglas básicas del juego democrático. Sin esto, cualquier intento de
acercamiento será leído como simulación.
La segunda medida es reordenar el frente económico. La economía venezolana
sigue atrapada entre controles, sanciones y desconfianza. Rodríguez deberá
impulsar acuerdos que permitan flexibilizar sanciones, garantizar seguridad
jurídica y abrir espacios a la inversión. Washington ha dejado claro que el alivio
económico está condicionado a avances verificables, no a discursos
patrióticos.

La tercera decisión —y quizá la más incómoda— es coordinar una agenda
mínima con Estados Unidos. No se trata de rendición ni de entrega de
soberanía, sino de pragmatismo político. Migración, energía y estabilidad
regional están sobre la mesa, y Caracas ya no puede fingir que no ve las cartas.
Rodríguez sabe que cada movimiento será leído dentro y fuera del país. Si actúa
con rigidez ideológica, las represalias llegarán. Si apuesta por una transición
controlada, podría abrir una ventana de normalización gradual.
El chavismo enfrenta su dilema clásico: resistir hasta el colapso o ceder para
sobrevivir. Y esta vez, Delcy Rodríguez no solo administra poder: administra
tiempo.
Porque en política internacional, quien no decide… termina siendo decidido por
otros.

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