Cuando Donald Trump habla, medio continente se tensa. Y cuando menciona a
México y al fentanilo en la misma frase, el ruido sube de volumen. Ante ese
escenario, Claudia Sheinbaum decidió bajar el tono y poner los puntos sobre las
íes: la política de Estados Unidos contra el fentanilo no es motivo para
intervenir en México.
La presidenta fue clara. No hubo rodeos ni lenguaje incendiario. Destacó que la
comunicación con Washington es buena y constante, y que el combate al
fentanilo se mantiene bajo el principio de responsabilidad compartida, ese
concepto diplomático que, traducido, significa: el problema no es solo de un
lado de la frontera.
Sheinbaum reconoció que el tráfico y consumo de fentanilo es un reto serio,
pero rechazó cualquier narrativa que sugiera acciones unilaterales o
intervencionistas. En otras palabras: cooperación sí, tutela no. Y esa línea, para
el gobierno mexicano, no es negociable.
El mensaje también fue hacia adentro. En un contexto donde los dichos de
Trump suelen provocar alarmas y especulación, la mandataria buscó transmitir
estabilidad y control. México, dijo, está haciendo su parte con acciones
coordinadas, sin ceder soberanía ni aceptar presiones fuera del marco bilateral.
La relación con Estados Unidos, subrayó, no se construye con amenazas, sino
con diálogo, datos y acuerdos. Y aunque el fentanilo se ha convertido en un
tema electoral y político del otro lado de la frontera, México no permitirá que
eso se traduzca en decisiones apresuradas.
Sheinbaum apostó por un tono institucional, casi quirúrgico, consciente de que
la diplomacia también consiste en no reaccionar a cada provocación. Mientras
Trump eleva el volumen, México responde con mesura.
En tiempos de discursos explosivos, la presidenta dejó clara su postura: la
cooperación es necesaria, pero la intervención no está sobre la mesa. Y ese
mensaje, más que tranquilizar, busca marcar límites.

