Cada enero ocurre el mismo drama: el arbolito termina en la banqueta, las luces
se apagan y alguien sentencia con autoridad dudosa: “ya pasó la Navidad”.
Pero, al menos para la tradición católica, la Navidad no termina el 25 de
diciembre ni cuando se acaban los tamales.
La Navidad es más que una fecha: es un tiempo litúrgico completo, con
principio, desarrollo y final. Todo empieza antes, con el Adviento, un periodo de
preparación y espera que arranca cuatro domingos antes del 25 de diciembre.
Es la antesala, el calentamiento emocional y espiritual.
La celebración formal comienza en Nochebuena, la noche del 24 de diciembre,
cuando los católicos conmemoran el nacimiento de Jesús, que se celebra el 25
de diciembre. Pero aquí viene la parte que muchos olvidan: la Navidad no se
acaba ahí.
El llamado Tiempo de Navidad se extiende varios días más. Incluye fiestas clave
como la Epifanía (Día de Reyes), cuando se recuerda la visita de los Reyes
Magos, símbolo de que el mensaje cristiano llega a todos los pueblos. Por eso,
en muchos países, los regalos se dan el 6 de enero y no antes.
¿Y entonces cuándo se acaba oficialmente? La respuesta es clara: el Tiempo de
Navidad concluye con la fiesta del Bautismo del Señor, que se celebra el
domingo posterior a la Epifanía. Es decir, después del 6 de enero, no antes.
Así que, técnicamente, guardar el nacimiento el 26 de diciembre es un acto de
impaciencia litúrgica. Y quitar las luces el 1 de enero… casi un sacrilegio
estético.
Más allá de lo religioso, esta tradición recuerda algo simple: la celebración no
es un instante, es un proceso. La Navidad se vive, se prolonga y se despide con
calma, no a empujones.
Así que la próxima vez que alguien diga “ya se acabó la Navidad”, puedes
responder con seguridad: no, apenas vamos cerrando el ciclo.

