En un contexto internacional donde la fuerza parece volver a ponerse de moda,
la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) decidió decir algo que suena
obvio… pero que hoy resulta necesario repetir: el derecho internacional debe
ser respetado y “no puede imperar la ley del más fuerte”. Una frase contundente
que funciona tanto como recordatorio jurídico como advertencia política.
La postura del máximo tribunal mexicano surge en medio de tensiones globales,
intervenciones extranjeras y decisiones unilaterales que se justifican bajo el
argumento del poder o la urgencia. Frente a ese escenario, la SCJN subrayó que
el orden internacional no se sostiene por músculo militar ni por presión
económica, sino por reglas, acuerdos y principios que, en teoría, todos aceptan.
El mensaje no menciona países ni conflictos específicos, pero tampoco hace
falta. En tiempos donde la soberanía se relativiza y el derecho se adapta al
interés del momento, la Corte recordó que el respeto a los tratados
internacionales no es opcional ni decorativo. Es la base mínima para evitar que
el caos se normalice.
Hay una ironía evidente en tener que aclarar algo así. Después de décadas de
discursos sobre legalidad, cooperación y multilateralismo, el mundo parece
retroceder a una lógica más simple y peligrosa: el que puede, impone. Frente a
eso, la SCJN optó por levantar la voz desde el terreno que le corresponde: el
jurídico.
El pronunciamiento también refuerza la tradición mexicana de apego al derecho
internacional, la autodeterminación de los pueblos y la solución pacífica de
controversias. Principios que suenan formales, pero que cobran peso cuando los
conflictos escalan y las decisiones se toman sin consenso.
Para algunos, estas declaraciones pueden parecer simbólicas. Para otros, son
necesarias. Porque cuando las instituciones guardan silencio, el vacío suele
llenarse con imposición. Y cuando la ley se debilita, el precedente que queda es
peligroso.
La SCJN no envió tropas ni sanciones, pero sí un mensaje claro: el derecho
sigue siendo el límite que debería contener al poder. En un mundo donde la
fuerza grita, que la ley hable —aunque sea con firmeza jurídica— sigue siendo
un acto relevante.

