Cada 6 de enero ocurre el mismo ritual: mesas llenas, café caliente, risas
nerviosas y una pregunta que nadie quiere responder en voz alta: “¿y si me sale
el muñeco?”. La Rosca de Reyes vuelve a aparecer como protagonista
indiscutible, mezclando tradición, fe y un ligero temor económico. Pero, ¿por
qué seguimos comiéndola año con año?
El origen de la Rosca se remonta a la celebración cristiana de la Epifanía, que
conmemora la visita de los Reyes Magos al niño Jesús. Su forma circular no es
casual: simboliza el amor eterno de Dios, sin principio ni fin. Y las frutas
cristalizadas, tan criticadas como indispensables, representan las joyas de las
coronas reales. Elegante, simbólica y, para algunos, incomprendida.
El famoso muñeco escondido dentro del pan tampoco es un simple detalle
incómodo. Representa al niño Jesús oculto para protegerlo del rey Herodes.
Quien lo encuentra no solo “gana”, también adquiere un compromiso: invitar los
tamales el 2 de febrero, Día de la Candelaria. Así, la tradición asegura algo
fundamental: que la convivencia no termine en enero.
Con el paso del tiempo, la Rosca dejó de ser solo un acto religioso para
convertirse en un fenómeno social. Se parte en casas, oficinas, escuelas y
hasta juntas de trabajo que, curiosamente, logran mayor asistencia ese día. No
importa si se es creyente o no: la Rosca funciona como excusa perfecta para
reunirse, compartir y comenzar el año con algo dulce… o al menos intentarlo.
En México, esta costumbre tomó identidad propia. Las roscas crecieron, se
rellenaron, se innovaron y se adaptaron al gusto local, sin perder su esencia
simbólica. Hoy, entre versiones tradicionales y gourmet, la Rosca sigue siendo
un punto de encuentro intergeneracional.
Así que no, no comemos Rosca solo por el pan. La comemos por la historia, la
tradición y ese pequeño drama colectivo que nos recuerda que el año apenas
empieza… y ya debemos tamales.

