En tiempos donde el desacuerdo parece regla y el consenso una especie en
extinción, ocurrió algo casi insólito: José Ramón Amieva Gálvez fue electo por
unanimidad como Presidente del Tribunal Federal de Justicia Administrativa
(TFJA) para los próximos tres años. Sí, unanimidad. Sin jaloneos públicos, sin
votos divididos y sin el drama habitual que suele acompañar este tipo de
decisiones.
La elección de Amieva no pasó desapercibida. En un país donde la justicia
administrativa suele moverse entre expedientes densos y resoluciones que rara
vez llegan a la conversación pública, este nombramiento adquiere relevancia
precisamente por el mensaje que envía: al menos dentro del Tribunal, hubo
acuerdo en quién debe llevar el timón.
El TFJA tiene una tarea nada menor. Es el órgano encargado de resolver
controversias entre particulares y la administración pública federal, además de
sancionar faltas graves de servidores públicos y particulares vinculados a actos
de corrupción. En otras palabras, ahí se decide si el discurso anticorrupción se
queda en promesa o se convierte en resoluciones concretas.
Amieva Gálvez asume la presidencia en un contexto de alta exigencia
ciudadana. La confianza en las instituciones no está precisamente en su mejor
momento, y la justicia administrativa suele ser vista como lenta, lejana y poco
entendible. El reto será demostrar que la unanimidad que lo llevó al cargo
también se refleje en resultados tangibles y en procesos más claros para la
ciudadanía.
El hecho de que su elección haya sido unánime puede leerse de dos maneras:
como una señal de respaldo sólido o como una expectativa alta que no admite

margen de error. Porque cuando todos están de acuerdo al inicio, las excusas
se acaban rápido.
Durante los próximos tres años, el TFJA enfrentará casos sensibles, decisiones
que tocarán intereses poderosos y una lupa pública cada vez más atenta.
Amieva tendrá que equilibrar técnica jurídica, independencia y liderazgo
institucional en un escenario donde cada resolución cuenta.
Por ahora, el mensaje es claro: hay nuevo presidente y, al menos en el arranque,
sin divisiones internas visibles. Falta ver si esa armonía se traduce en una
justicia administrativa más eficiente, más transparente y menos distante.
Porque en México, la unanimidad sorprende… pero los resultados son los que
realmente hacen historia.

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