Este 5 de febrero se conmemora el 109 aniversario de la promulgación de la
Constitución de 1917, el documento que sentó las bases del México moderno y
que, más de un siglo después, sigue siendo citado, defendido, reformado… y en
ocasiones convenientemente reinterpretado.
La Constitución nació en un contexto de revolución, con ideales de justicia
social, soberanía nacional y derechos laborales que en su momento fueron
vanguardia mundial. Fue una carta magna adelantada a su tiempo, pensada para
poner límites al poder y garantizar derechos. Irónicamente, con los años se
convirtió también en uno de los textos más modificados del planeta.
Con más de 700 reformas, la Constitución mexicana ha demostrado una
flexibilidad envidiable. Cada sexenio deja su huella, cada mayoría legislativa
ajusta artículos y cada coyuntura encuentra la forma de “actualizarla”. Para
algunos, esto es evolución; para otros, una cirugía permanente que ya no deja
claro cuál es el diseño original.
Aun así, cada aniversario se repite el ritual: discursos solemnes, llamados a
respetarla y promesas de cumplirla. Se le invoca como guía moral, como escudo
frente a amenazas y como prueba de institucionalidad. En la práctica, su
aplicación sigue siendo desigual, dependiendo del interés político del momento.
La Constitución sigue siendo el marco que rige derechos, obligaciones y la
estructura del Estado. Es la referencia obligada cuando se habla de soberanía,
democracia y justicia. Pero también es el espejo donde se refleja la distancia
entre la ley escrita y la realidad cotidiana.

A 109 años, la Constitución no está muerta. Está viva, activa y en constante
cambio. El verdadero reto no es reformarla más, sino cumplirla mejor. Porque no
hay artículo que resista si solo se recuerda en ceremonias y no en decisiones.

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