Después de más de una década aferrado al timón de lo que alguna vez fue el
músculo obrero del PRI, Carlos Aceves del Olmo anunció su renuncia como
secretario general de la Confederación de Trabajadores de México (CTM). El
motivo oficial: problemas de salud y razones familiares. El motivo político: el
tiempo, ese enemigo implacable que ni los viejos liderazgos sindicales pueden
vencer.
Aceves del Olmo se va dejando atrás el último gran reducto sectorial del
priismo, una central obrera que durante décadas fue sinónimo de control,
movilización y votos corporativos. La CTM, que en su época dorada decidía
candidaturas y llenaba plazas, hoy sobrevive más como recuerdo histórico que
como fuerza real de presión política.
Durante su gestión, Aceves fue testigo —y protagonista— del declive del PRI,
pasando de ser partido hegemónico a una fuerza que lucha por no desaparecer
del mapa electoral. La CTM, fiel a su tradición, acompañó ese proceso con
silencio estratégico, comunicados tibios y una presencia cada vez más marginal
en la vida pública.

La renuncia se anuncia con un lenguaje cuidadoso, casi ceremonial. No hay
autocrítica, no hay balance, no hay reconocimiento del desgaste. Solo una
salida ordenada, como corresponde a un sistema que siempre prefirió las
formas sobre el fondo.
Hoy, la CTM enfrenta una pregunta incómoda: ¿qué sigue? Sin el PRI en el poder
y sin una base obrera sólida, el futuro de la central es tan incierto como su
pasado es pesado. Los trabajadores ya no miran al sindicalismo tradicional
como su principal defensa, y las nuevas generaciones apenas reconocen las
siglas.
Aceves del Olmo se retira, pero con él se va una época. Una donde el
sindicalismo era sinónimo de control político, donde la lealtad se premiaba y la
disidencia se castigaba. El telón cae sin aplausos, y el escenario queda vacío.

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