La violencia volvió a tocar la puerta del poder político en Sinaloa. El diputado
Sergio Torres Félix fue sometido a una segunda cirugía luego de resultar herido
en un ataque armado registrado en Culiacán. El legislador continúa bajo
atención médica, mientras el episodio se suma a la larga lista de agresiones
que ya no distinguen cargos ni horarios.
De acuerdo con información oficial, la nueva intervención quirúrgica fue
necesaria debido a complicaciones derivadas de las heridas sufridas durante el
atentado. Aunque su estado de salud se reporta como estable, el hecho de
requerir una segunda cirugía deja claro que el ataque no fue menor, ni
superficial, ni “sin consecuencias”, como a veces se intenta suavizar en
comunicados breves.
El atentado ocurrió en una ciudad donde las balas se han normalizado y la
política ya no camina blindada por la distancia, sino por la urgencia. Hasta el
momento, las autoridades no han detallado avances concretos sobre los
responsables ni el móvil del ataque, manteniendo el caso bajo investigación.
Torres Félix es una figura conocida en la política local, y su agresión ha
reavivado el debate sobre la seguridad de los funcionarios públicos en
entidades marcadas por la presencia del crimen organizado. Porque cuando un
diputado termina en quirófano por segunda vez, el mensaje es claro: nadie está
completamente a salvo.
Mientras tanto, el legislador permanece hospitalizado, rodeado de médicos en
lugar de asesores, y con el cuerpo convertido en evidencia de un clima de
violencia persistente. En Culiacán, las cirugías se acumulan más rápido que las
respuestas oficiales.
El caso vuelve a encender las alertas sobre el costo real de hacer política en
ciertas regiones del país. No se mide en discursos ni en campañas, sino en
heridas, hospitales y silencios prolongados. Hoy, Sergio Torres Félix pelea su
recuperación. Afuera, la ciudad sigue su rutina, como si nada hubiera pasado.
