En la era de los celulares, hay algo más peligroso que cometer un error: que
alguien lo grabe. Y eso lo acaba de comprobar Arleth Solís Reséndiz, directora
de Desarrollo Económico, Bienestar y Pueblos Indígenas en Zacualtipán, Hgo.
Un video difundido en redes sociales la muestra durante un festejo privado,
aparentemente bajo los efectos del alcohol, acompañada de otras personas en
lo que parece una celebración nocturna. El material comenzó a circular desde el
jueves y, como suele pasar, hizo lo que mejor sabe hacer internet: explotar.
Las reacciones no se hicieron esperar. Usuarios cuestionaron su
comportamiento, señalando que, como funcionaria pública, debería mantener
cierta imagen incluso fuera del horario laboral. Otros, en cambio, salieron en su
defensa con un argumento igual de simple: también tiene derecho a una vida
privada.
Y ahí está el dilema moderno.
Porque sí, era una fiesta privada. Pero también es una figura pública. Y en
tiempos donde todo se documenta, la línea entre lo personal y lo institucional
es cada vez más delgada… y más peligrosa.
El caso no involucra un delito ni una falta administrativa confirmada, pero eso
no impide el juicio social. En redes, la condena no necesita pruebas formales,
solo un video y una narrativa que prenda.
Además, el contexto no ayuda. En un país donde la ciudadanía exige mayor
responsabilidad a sus representantes, este tipo de episodios se leen como falta
de seriedad, aunque no necesariamente lo sean en términos legales.
Así, lo que pudo haber sido una simple fiesta terminó convirtiéndose en una
crisis de percepción pública.
Porque en política, a veces no importa tanto lo que haces… sino cómo se ve.
Y cuando se ve mal, el costo puede ser más alto que cualquier sanción oficial.

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