Lo que ocurrió en la autopista México-Pachuca, a la altura de Ojo de Agua, no es nuevo… pero cada vez es más descarado.
Una familia fue agredida por un grupo de monta-choques, esos personajes que
convierten un incidente vial en una extorsión violenta. La diferencia esta vez: el
ataque ocurrió en una caseta de cobro.
Sí, en teoría, uno de los puntos más vigilados.
El patrón es conocido: provocan o simulan un choque, rodean a la víctima,
intimidan, amenazan y exigen dinero. Pero en este caso, la situación escaló
rápidamente a agresiones físicas, dejando en evidencia que ya no se trata solo
de fraude… sino de violencia directa.
Lo más preocupante no es solo el ataque, sino lo que vino después: nada.
No hubo detenidos.
A pesar de que el incidente ocurrió en un lugar con cámaras, personal y flujo
constante de vehículos, los responsables simplemente desaparecieron.
Como si nada.
Esto revela una realidad incómoda: estos grupos operan con una confianza que
solo puede existir cuando saben que las consecuencias son mínimas o
inexistentes.
Y mientras tanto, los automovilistas enfrentan una nueva paranoia: no solo
preocuparse por accidentes, sino por ataques premeditados.
La autopista, que debería ser un espacio de tránsito, se convierte en un
escenario de riesgo constante.
Y la caseta, que debería ser un punto de control, en testigo silencioso.
La historia no es nueva, pero sí cada vez más alarmante. Porque cuando la
violencia ocurre a plena luz del día y no pasa nada… el mensaje es claro.
Aquí, el problema no es que suceda.
Es que se repite.

