En el libro “Fiestas y Tradiciones Normalistas”, la maestra María del Carmen
Ocampo Aive, nos cuenta cómo su paso por la Escuela Normal fue una de la
experiencias más hermosas y enriquecedoras de su vida y que una Flor
Normalista (1985-1986), no es simple adorno.
“¡Qué radiantes luces hoy, como el sol en la mañana, por eso eres Carmen,
nuestra linda soberana!”
Así nació un verso… y con él, un recuerdo que el tiempo no ha podido marchitar.
Corría el año de 1982 cuando, al concluir mis estudios en la Escuela José Ibarra
Olivares, tomé una decisión que brotaba desde lo más profundo de mi ser:
quería ser maestra. Quizá era destino, quizá herencia, pues provenía de una
familia de profesores; lo cierto es que el camino parecía ya dibujado en mi
corazón.
El día del examen de admisión al Centro Regional de Educación Normal Benito
Juárez fue un mar de emociones. Rostros desconocidos, filas interminables y un
mismo sueño latiendo en todos: enseñar. Sentí miedo, sí… pero también
esperanza.
Días después, la vida me sonrió: ahí estaba mi nombre, en el número 16 de la
lista. Fue como si el destino susurrara: “este es tu lugar”.
Y lo fue.
Vestida de rojo, con el uniforme que pronto se volvería símbolo de identidad,
caminé por los jardines de la Normal. Desde entonces supe que esos años
serían más que estudio: serían vida, amistad, aprendizaje… raíces profundas.
Mis compañeros me eligieron jefa de grupo, y con ello llegaron
responsabilidades que, sin saberlo, tejían lazos entrañables. Entre hojas, tareas,
risas y acuerdos, fui creciendo junto a ellos. También aprendí de maestros que
dejaron huella imborrable, nombres que aún resuenan como ecos de gratitud.
Fue entonces, al final del tercer año, cuando surgió una invitación inesperada:
ser candidata a flor normalista. Dudé… pero el cariño de mis compañeros me
sostuvo. En una elección interna, fui elegida para representar a mi generación.
La campaña fue intensa, llena de emociones que iban del entusiasmo a la
incertidumbre. Pero también fue un tiempo de unión, de miradas cómplices, de
corazones latiendo al mismo ritmo.
Y llegó el día.
Entre voces, miradas y silencios expectantes, se escuchó mi nombre:
“¡La flor normalista es Carmen!”
Lloré. No de triunfo, sino de gratitud. De esa que nace cuando uno se siente
profundamente acompañado.
Mi madre, cómplice eterna, me llevó a elegir el vestido más hermoso: blanco,
delicado, como un sueño tejido en tela. Aquella noche, bajo las luces y entre
aplausos, recibí la rosa bañada en oro, símbolo de tradición, pero también de
compromiso.
En ese instante, sentí que mi padre, desde el cielo, sonreía.
Ser flor normalista no fue para mí un adorno, sino una oportunidad. Participé,
propuse, creé. Dejé un pedacito de mí en cada actividad, en cada palabra, en
cada gesto. Así nació también el lema “Educar, Compromiso Universal”, que se
quedó como eco permanente en mi querida Normal.
Hoy, más de tres décadas después, cierro los ojos y todo florece de nuevo: los
pasillos, las voces, las risas, los sueños.
Porque hay momentos que no se van… se quedan a vivir en el alma.
Y la mía, sin duda, sigue siendo un jardín en el que la Normal florece
eternamente.

